El fundamentalista

- 07 de julio de 2019 - 00:00

En estos días se respira un aire de peculiar intolerancia. Se trata de la disputa entre dos extremismos que inundan las redes sociales y que participaron en una reciente toma de las calles en muchas ciudades del país. Son algunos marchantes que se distinguen por mostrarse radicalizados en el irrespeto por el otro. Pero mientras la sociedad entera mira esta pelea con estupefacción, hay otros que se frotan las manos.

Ese podría ser el caso del cura José Carlos Tuárez, actual presidente del Consejo de Participación, que con el mismo timbre chillón, amenazante y amanerado de Rafael Correa abandonó la sala donde se había convocado a su comparecencia en la Asamblea .

Antes citó a una turba de fanáticos que llenaron media cuadra en las afueras del órgano de participación, que acompañaron al religioso a la sede legislativa y que tuvieron tiempo hasta de echar vivas por su nuevo mesías. ¿Algo de esto nos sorprende? No, ese es el estilo de nuestros populistas tropicales.

Pero los días de Tuárez están contados y el cura político sabe que este breve tiempo de popularidad podría convertirlo en un mártir, lo que en su vanidad revolucionaria podría llevarlo a la presidencia. Se aprovecha del clima de polaridad que se vive en la opinión pública a partir del juego en el que han caído los activistas que celebran o rechazan las recientes decisiones de la Corte Constitucional.  

Esto es política pura y dura. No se trata de derechos humanos, de constitucionalismo o de democracia, se trata de un clima antipolítico de insatisfacción ciudadana frente a las instituciones sembrado por algunas posiciones extremistas, que podría ser cosechado por los nuevos populistas que ya ofrecen otra constituyente, un nuevo reparto del poder y una nueva Constitución.

En condiciones similares Jair Bolsonaro se convirtió en presidente de Brasil. En Ecuador, el cura ya ofrece tirar abajo las sentencias constitucionales y hasta al órgano que las expidió. (O)

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