Frankenstein

- 27 de octubre de 2018 - 00:00

Leí por primera vez la novela Frankenstein, de Mary Shelley, siendo ya plenamente adulta y durante mi ejercicio docente. Me deslumbró. De haberla leído antes y de haber sabido detalles de la vida de su autora, seguramente habría gozado más tempranamente de su inspiración.

Recuerdo varios pasajes, como aquellos en los que los personajes masculinos hablan de la amistad que se profesan con una intensidad tal que es inevitable pensar en un cierto enamoramiento platónico y una estremecedora exaltación de los sentimientos.

La joven Universidad de las Artes, institución pública con sede en Guayaquil, realiza durante estos días una feria del libro y varios eventos paralelos albergados bajo el título de Libre Libro, con el propósito de reunir sobre todo a autoras y editoras. El símbolo elegido ha sido el del emblemático monstruo, Frankenstein, de color rosa, a quien la diseñadora María Mercedes Salgado ha colocado adornos de naturaleza femenina, como maquillaje.

Doscientos años han transcurrido desde que una jovencita de dieciocho años publicara Frankenstein, su obra magna, cuyo protagonista, un engendro de alma noble, lucha y sufre al tiempo que formula preguntas existenciales. El ser monstruoso deviene en vagabundo, marginal, hijo huérfano, rebelde, criminal y redimido. De ahí la potencia de la obra: los varios niveles a los que puede ser leída.

A las mujeres les ha costado escribir y publicar y, así, entrar en los sagrados terrenos del canon literario de cada nación. En el mundo editorial, a menudo han tenido roles subalternos. Por eso, gestos como el de Libre Libro de homenajear a Mary Shelley, autora de Frankenstein, es una apuesta importante.

Pero si acercamos más los fenómenos literarios, en nuestro país, repetidas antologías no recogen nombres de las escritoras, y en varias ferias internacionales del libro hace falta una mayor presencia de autoras, que se hallan en plena producción en todos los géneros. (O)

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