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Mariana Velasco

Encapsular el odio

05 de mayo de 2021 00:00

Hay personas que, al igual que cuando conducen, se transforman al navegar por la red. Cuando se comunica en el mundo digital, por lo general, se escriben cosas que sus autores no son capaces de decir cara a cara. El anonimato y cierta sensación de impunidad contribuyen a una mayor violencia verbal. Pero muchos olvidan que lo que se comenta en redes sociales deja huella.

El odio es difícil de definir. Normalmente, cuando le preguntamos a una persona qué siente cuando odia, nos suele hablar de animadversión, desprecio, asco. Es decir,"una combinación de otras emociones negativas parecen juntarse para dar lugar a eso que llamamos y sentimos como odio". Lo explica, Ignacio Morgado, autor de " Emociones Corrosivas", director del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona. 

Se convierte en problema cuando es persistente y llega a caer en una espiral que lleva a la violencia a una pirámide de fobia, donde la vida como cualquier mercadería, tendría precio. La campaña política terminó. Nada justifica la violencia verbal peor aún tirria. Desde los distintos estamentos, hay que trabajar en información, educación, activismo y narrativas alternativas como herramientas para combatir el acoso y el discurso de saña.

La voz “odio” podría dar a entender que lo que se estaría reprochando son los sentimientos, prejuicios, o emociones que están detrás del mensaje transmitido. Lo ocurrido en las últimas horas en el país -cascadas de mensajes que destilan veneno  al actual mandatario, al nuevo presidente electo, máximas autoridades de los Gads de Quito y Guayaquil- marcan un inquietante giro que obliga a activar todas las alarmas, ante el riesgo de una grave degradación del marco democrático: la amenaza de la propagación del odio y la hostilidad sin razón en el seno de la sociedad ecuatoriana.

Merecen condena firme, contundente y necesaria de todas las fuerzas políticas del país. Ante gestos como estos no cabe sino el rechazo unánime. Ni medias tintas ni vaguedades. La vida privada es un derecho que nadie debe ni puede violentar, peor usarla como arma de enemistad y venganza hacia ningún funcionario o servidor público que, a su tiempo sabrá rendir cuentas a sus electores.

Estas posiciones son inaceptables en cualquier marco democrático y hay que abordar los problemas desde la altura de la palabra firme, clara y sosegada. Se debe apelar a buscar el punto exacto de una respuesta que rechace con firmeza y unidad las insidias mientras, a la vez, encapsule el odio y evite darle protagonismo y capacidad de propagación.

Las palabras y los gestos no son gratuitos y los discursos de rencor van calando de manera sutil: hasta que un día estallan —el asalto al Parlamento en Washington es un ejemplo reciente— y sus consecuencias son demoledoras. En otros países, también el clima político es irrespirable. La responsabilidad es de todos en este envenenamiento, pero con distintas gradaciones; unos y otros han contribuido a exacerbar las tensiones.

Mujeres, homosexuales, periodistas, indígenas, negros, musulmanes y gitanos son las principales víctimas de los odiadores profesionales. Sus testimonios son una prueba del acoso, violencia y encono que sufren a diario cuando se conectan a Internet, especialmente en Twitter, Youtube o Facebook.  

Vivimos en una era de elevada interconexión digital. Como consecuencia, las opiniones compartidas en una cierta región geográfica no permanecen localizadas en ese sitio, sino que se propagan con rapidez por todo el mundo gracias a las redes. Esa alta velocidad de difusión facilita que quienes propugnan un discurso de inquina divulguen sus mensajes y recluten adeptos en todo el mundo. (O)

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