A empezar otra vez

- 10 de octubre de 2018 - 00:00

Poco después de las 20:30 del domingo, en el hotel de San Pablo en el que se encontraba junto a los coordinadores de su campaña electoral, Fernando Haddad, el candidato del PT del ex presidente Lula da Silva, esbozó una sonrisa de alivio y abrazó a su mujer.

En aquel instante, el candidato ultraderechista, Jair Bolsonaro, estaba con 47,2% de los votos válidos. La sonrisa de alivio tenía una explicación: hasta media hora antes, Bolsonaro rozaba la marca de 49,4%, y había indicios palpables de que podría salir electo en la primera vuelta.

El resultado final -46,09% contra 29,2% alcanzados por Haddad- es muy inquietante. La distancia entre los dos principales candidatos es de poco más de 18 millones de votos. Pero no hubo victoria de Bolsonaro en la primera vuelta, y como nunca antes en la historia electoral desde el regreso de la democracia en 1985, luego de 21 años de dictadura militar, la vieja frase “algo es algo” se muestra justificada.

Quedó muy claro que para la casi mitad del electorado el fantasma del autoritarismo exacerbado de Bolsonaro no asusta. Que su defensa de la dictadura, de la tortura y de la pena de muerte, bien como sus ataques radicales de racismo, machismo y misoginia, tampoco son preocupantes.

La ausencia de cualquier política social en su programa de gobierno y la irracional defensa de un neoliberalismo fundamentalista en la economía, con la propuesta de privatizarlo todo, parecen situarse a distancia astronómica de las preocupaciones de esa parte del electorado.

Frente a esa abrumadora inclinación a un candidato ultraderechista, que superó todas las previsiones, el PT y la centroizquierda brasileña tratan de trazar una estrategia eficaz. La propaganda política en radio y TV mostró, en la primera etapa, ser insuficiente para frenar la explosión de los seguidores del ultraderechista en las redes sociales.

Pese a eso, los seguidores de Haddad y sus probables aliados cuentan con que ahora, sin lograr huir de los diez minutos diarios en propaganda transmitida por TV, Bolsonaro perderá espacio. Basta con que abra la boca y dispare sus habituales absurdos para que parte de los que votarían en él se asusten y cambien de idea.

Se trata, en realidad, de una expresión de deseo más que una posibilidad concreta. Pero, una vez más, vale la vieja frase: algo es algo. (O)

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