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Ecuador/Sáb.31/Jul/2021

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Daniela Ángela Leyton Michovich

El necropaisaje vende: La reina, el capo y un corrido

21 de junio de 2021 00:45

En estos días, una reconocida artista mexicana empezó a grabar la continuidad de una serie en Bolivia. Este producto narra la vida y aventuras de una “capa” del narco, una serie bastante bien aceptada y promocionada a nivel latinoamericano. Las locaciones se situaron en la ciudad de El Alto y en un mercado de la ciudad de La Paz, a ella acudieron varios vecinos de la zona motivados en conseguir un autógrafo, unas fotografías o un video breve del making-of, mientras, en las noticias y en las redes se ensalzaba el “orgullo” de que una serie narco se filme en Bolivia.

¿Por qué la fascinación por los narcos?¿por el simple hecho de poner a un país en el mapa gracias a una serie? ¿de verdad vale la pena promocionar la narcocultura en Bolivia y la región?¿cuáles son sus consecuencias?

Sin duda la estrategia y la producción de  series, novelas, películas, corridos, con el tema narco funciona bastante bien para la industria, no por nada, estas generan fortunas cada año y se posicionan en importantes plataformas de difusión. Me imagino que alguno que otro argumentará que filmar este tipo de series dinamiza la economía del sector turístico y de servicios pero ¿y el mensaje?

Si pensamos en los guiones, estas series tienen varios elementos que llegan a fascinar a los espectadores:el poder económico, social, político, la impunidad, una noción de masculinidad protagónica hegemónica, patriarcal ,violenta. En el caso de personajes representados por mujeres, se muestra un falso “empoderamiento” que más bien da cuenta del mismo patrón violento y patriarcal : se mantiene la cosificación de la mujer, las relaciones de poder asimétricas. Se venden estilos de comportamiento antisocial como indicadores de superioridad, se exalta la aventura y adrenalina de vivir fuera de la norma del Estado y la sociedad, de tener el poder de decisión plena sobre la vida y la muerte de los otros.

La sobre-exposición y la espectacularidad de este tipo de productos y series “normalizan” la violencia, ridiculizan a la administración gubernamental latinoamericana y retratan la debilidad estatal al tiempo que nos venden la idea de una institución internacional idónea que ante nuestra incapacidad, aterriza con rostro de Supermán.

En el interín,en los barrios, la forma de vida de estos narcopersonajes, van constituyéndose en modelos aspiracionales disfuncionales que parecen una “respuesta” a la desigualdad social, mientras la trata, los feminicidios y asesinatos incrementan  las cifras de ocurrencia.

Esta reflexión, no es entonces  una “queja” parte de la cultura de la cancelación o un “simple asunto moral”, se trata de comprender que este tipo de producciones también son responsables de sostener un imaginario que progresivamente insensibiliza a los espectadores y opera como una cortina de humo para evitar el sentido crítico del fenómeno, asi, en la real cotidianeidad,los sicariatos en los barrios, los aviones siniestrados,las toneladas de estupefacientes incautados y cada vez mas adolescentes involucrados en este circuito adquieren un aura de espectacularidad de corta duración e indiferencia, se convierten tristemente en una parte del inhumano necropaisaje, tolerado y visto como ajeno, lo que da cuenta de una profunda herida social.

 

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