El milagro de ser una mujer negra

- 10 de febrero de 2016 - 00:00

(Dedicada a las mujeres negras, aquí me valen… las ideologías). La etiqueta de esta jam-session lo vale, porque no hay nada más silenciado por el barullo académico que andares y andareles de las mujeres negras de las Américas. Y continúa ese sigilo de ciudadanía. El hermano Roberto Zurbano Torres puso a caminar esas siete palabras, para hablar de la literatura de las mujeres negras del Caribe; este jazzman se quedó boquiabierto y recordó a su madre y hermanas de consanguinidad y proceso.

Ellas son dueñas absolutas de las pequeñas historias que son a la vez inmensas en la totalidad de historias de Ecuador. No están en la documentación archivada y hay que buscarlas en la oralidad por sus dichos y hechos. Invisibilizadas por la sociedad mayor y empujadas allá al fondo del hogar, parecería que caminaron (o caminan) en puntillas. Antes, las quemaron por brujas por estos días la quema simbólica es por lo mismo, aunque ‘brujería’, en sus orígenes, fue saberes y conocimientos peligrosos para los ascendentes Estados europeos colonialistas.

Mucho antes del R-J-D (reconocimiento-justicia-desarrollo) del Decenio de la Afrodescendencia, el Abuelo Zenón predicaba la ‘autorreparación’ y si se lee con ojos de autonomía cimarrona las recopilaciones del maestro Juan García, el filósofo del norte de Esmeraldas habla para recomponer el ánima de la comunidad afroecuatoriana por mujeres y hombres. La reparación -casa adentro es una obligación- debe empezar por las mujeres negras por ser aún las de mayor damnificación: desempleo, discriminación racial, machismos múltiples y las incineraciones simbólicas.

Ese milagro de ser mujer negra es cotidiano, demasiado quizás como para adormecernos el genio del asombro. Unas eran malas pobres, como doña Hilaria Escobar (+), la madre de este escribidor, ellas entendían que los ahorros en alimentación eran los próximos quebrantos de salud; otras son cimarronas de sol a sol, porque saben que el mañana no es una ilusión para sus hijos; las hay con saberes que soportan todas las ciencias oficiales: curadoras de mal de ojo, espanto, bichos, torceduras, parteras y el tabaco bombeado con artes secretas deviene en módico psicoanálisis.

Todas las calles de las ciudades ecuatorianas tienen nombres de varones blancos (y de algunas mujeres), pero no hay una sola que nos recuerde a una mujer negra, ni siquiera en la provincia de Esmeraldas. ¿Querían un milagro al revés? Aquellas que llegan no es por elección del destino o por generosidad del dedo que las elige, se lo han ganado, cimarroneando adversidades sin cuentas.

Es abigarrado y extenso el listado de la admiración, sin embargo, por lo estratégico, constitucional y político de esa función estatal, conviene destacar un nombre: Raquel González. Si la actual perspectiva política, considerada revolucionaria, tiene el apelativo de ‘ciudadana’, pues ahí está uno de esos milagros: ciudadanizar la historia de las mujeres negras ecuatorianas. (O)