El genio de Kendrick Lamar

- 25 de abril de 2018 - 00:00

Yo no sé mucho de música. No puedo hablar de las complejidades acústicas de una obra, ni de su profundidad melódica ni de su innovación armónica. Pero eso no me detendrá para decir que Kendrick Lamar tiene merecido cada dólar de su recién recibido premio Pulitzer por música.

Sí, también dan el premio Pulitzer por música, y tuvieron que pasar más de 50 años para que un género fuera del canon clásico lo recibiera (fue Wynton Marsalis, en 1997, por el álbum Blood on the Fields). Ahora, le tocó a Lamar el honor de ser el primer artista de música “popular” en llevárselo.

No se necesita tener oído absoluto para apreciar el genio musical detrás de DAMN., el álbum por el cual Lamar recibió el Pulitzer.

Es un álbum tanto complejo en su variedad sonora como en su tono crítico. Su letra se lee como un poema. Un poema lleno de obscenidades, contencioso y espiritual y blasfemo, un conflicto del autor con el pecado y la condenación. Un viaje hacia las entrañas de la agresión, del desenfado, de crecer en un tiempo y en un lugar donde hay ciudadanos de segunda embebidos en ciclos de violencia que llevan al propio Lamar a desafiar a un cuerpo policial muy ávido de sangre. Y a compás seguido, su violenta fantasía es interrumpida por un discurso sobre control de armas que está dando un grupo de alumnos. Kendrick Lamar hace caja con la hipocresía.

Eso es DAMN., y mucho más. Lo primero que escuché de Kendrick Lamar fue To Pimp a Butterfly en 2015, un álbum más experimental y accesible en sus sonidos, pero igual (o más) genial que DAMN. Fue el momento en que Lamar se paró en la cúspide del hip hop. Pero lo que DAMN. logra conseguir es reivindicar el hip hop como género, y no únicamente como un paso transitorio hacia el jazz, o el pop, o el funk o el blues. DAMN, es hip hop sobre hip hop, una obra maestra que consagra, no solo a Lamar (a quien, bueno, le sobra el reconocimiento) sino al género.  

Kendrick Lamar es un predicador moderno. Es tanto un predicador en su mensaje como en el medio en que lo transmite. No busca cambiar el mundo (ni la música), pero sí inspirar a quienes lo pueden hacer. (O)