El Che y Mario

07 de octubre de 2011 - 00:00

Montañas de Bolivia, octubre del año 1967. El día 8 el Che y un reducido grupo de combatientes se encontraban rodeados por los “Rangers”. Se libra el último combate en la Quebrada del Churo. En el enfrentamiento, el Che es herido en una pierna. Sus captores lo trasladan a la escuelita de La Higuera. Los sobrevivientes que lo acompañaban fueron ejecutados.

Luego de verificar la identidad de Ernesto Guevara, hicieron consultas para saber qué hacían con el prisionero. La orden llegó de Washington a La Paz y de allí a La Higuera: “Maten al Che”.

El Comandante sabía lo que le esperaba. Enfrentó los momentos finales con la dignidad y entereza que solo hombres como él pueden hacerlo. En las primeras horas de la tarde del 9 de octubre de 1967, el designado para el asesinato fue el suboficial Mario Terán.  

Años más tarde -en un ejercicio de sinceridad- relató: “Yo no me atrevía a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande. Sus ojos brillaban intensamente. Sentí que se me echaba encima y cuando me miró fijamente me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma”.

“Póngase sereno -me dijo- y apunte bien. ¡Va usted a matar a un hombre!”.

A partir de entonces, el Che sigue inspirando procesos en favor de los pueblos. Hoy en Bolivia  gobierna un presidente indígena que ha manifestado públicamente su admiración por Ernesto Guevara de la Serna.

Mediante un convenio firmado entre los gobiernos de Evo Morales y Raúl Castro, están en Bolivia maestros cubanos alfabetizando y médicos cubanos sanando.

Uno de los pacientes afectados por catarata que acudió al hospital de Santa Cruz -al que los médicos cubanos operaron y devolvieron la visión- se llama Mario Terán. Sí. Es el mismo hombre que disparó al Che en La Higuera.
El hijo de Mario Terán, luego de la exitosa operación, visitó al diario.

El Deber, de Santa Cruz, para expresar un público agradecimiento a los médicos cubanos por su abnegada labor en tierras bolivianas.

Mario: en esa operación, lo habrás percibido claramente, también estuvo presente el Che. Las lágrimas de
gratitud que brotaron de tus ojos ya sanos, seguramente limpiaron todos tus remordimientos. El Che te perdonó el mismo día que tú lo enviaste hacia la inmortalidad. Tú sabes que eso es cierto, porque el Che vive en tu mirada y en las miradas de los cien mil bolivianos que también dejaron atrás las sombras. Seguramente ahora comprendes mejor, Mario, por qué el Che dijo y seguirá diciendo: “¡Hasta la victoria siempre!”.