Si volvieran los dragones

- 11 de septiembre de 2018 - 00:00

Ya en las “Historias” de Heródoto (c. 500 años a.C.) aparece una de las primeras apelaciones contra la democracia como forma de gobierno. Allí, un personaje persa llamado Megabyzo critica la posibilidad de “conferir el poder al pueblo” porque, según dice, “nada hay más obtuso y prepotente que una multitud inepta”. Los persas, para él, debían evitar “caer en la insolencia de un irresponsable populacho”. Este populacho, siempre en palabras de Megabyzo, no podría darse cuenta de lo que le conviene: “¿cómo podría darse cuenta quien no ha sido instruido, ni ha visto ningún bien y se precipita, lanzándose sin inteligencia sobre los acontecimientos, semejante a un tormentoso río?”, se pregunta.

Esta historia, como hemos visto en días recientes, se ha repetido también entre nosotros. Una parte de la supuesta clase intelectual, a menudo apegada a dogmas irrenunciables, cree descubrir el agua tibia cada vez y cuando (para ellos, si el voto ha de mantenerse, deberá volver a las viejas prácticas censitarias, además de corresponder solo a “jefes de familia”). Lo cierto, sin embargo, es que el desprecio por el “pueblo llano” ha sido una constante de la historia de la política, desde sus mismos inicios. No solo Megabyzo, sino también Platón y Aristóteles pensaban lo mismo. Platón, por ejemplo, pone en cabeza de los gobernantes de su “polis” ideal un alma racional, mientras que el pueblo tendría potenciada un alma concupiscible (o sea pasional) alejada de la comprensión de los asuntos importantes.

La doctrina típicamente autoritaria de la “razón de estado” (nacida en la Edad Media) descansa en una idea similar: los ciudadanos, ocupados de sus asuntos pedestres, no entienden de los asuntos de gobierno, demasiado elevados para su limitado intelecto, para sus capacidades disminuidas, para su ignorancia supina. Incluso si se trata de la afectación a ciertas libertades, el ciudadano no está autorizado, de acuerdo con la doctrina de la razón de estado, a preguntarse por qué, a contradecir a aquellos que “deben gobernar” (o “deben elegir” quién lo hace) por sus supuestas virtudes inherentes.

La democracia, hoy como antes, debe vérselas con estas críticas “aristocráticas” al “pueblo llano”, al ciudadano de a pie que, según algunos, nada tiene que decir sobre los asuntos de gobierno, que le afectan y le incumben. Su libertad, su participación, su educación, para ellos, son asuntos elevados. Claro que de esta forma piensan innovar, patear el tablero, aunque en realidad se nos presenten –vistos con ojos modernos– como viejas figuras de dragones medievales dibujadas en mitológicos libros antiguos: personajes ajenos a los tiempos que discurren. (O)