Don Quijote con alzhéimer

- 23 de noviembre de 2017 - 00:00

“Dime con quién andas, decirte he quién eres”, es un refrán que se lee en el capítulo II del Quijote, el libro lozano de Miguel de Cervantes que, tras cuatro siglos, habita en nosotros. Mucho del refranero popular salió de la boca del escudero Sancho: “Pagan a las veces justos por pecadores” o “Cuando a Roma fueres, haz como vieres”, además de “No por mucho madrugar amanece tan temprano”, que hasta ahora lo usamos. La novela cervantina ha sido objeto de múltiples lecturas en el país como Los capítulos que se le olvidaron a Cervantes, de Juan Montalvo, o la antología de Franklin Cepeda Astudillo. En otros lares, Rubén Darío le escribió un poema: “Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…”.  

Lo propio hizo Jorge Luis Borges, quien siempre se quejaba de ser más Alonso Quijano y no atreverse a ser Don Quijote. Hay que destacar el cuento ‘El hacedor’ y el poema ‘Sueña Alonso Quijano’, porque al escritor ciego le preocupaba el desdoblamiento de los distintos personajes y, de manera especial, sus acostumbrados acertijos laberínticos y juegos de espejos (curiosamente tenía miedo a estos artilugios desde niño).

Ojalá en los colegios Don Quijote no tenga el mal de Alzheimer, ahora que sabemos que ni medio libro leemos al año por culpa de quienes hacen de la lectura algo aburrido. Marco Denevi nos entrega una variación del tema. “Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosas novelas de esas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besaran la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía treinta años y pozos de viruela en la cara.

Finalmente se inventó un galán, a quien dio el nombre de Don Quijote de la Mancha. Decía que Don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de lances y aventuras, al modo de Amadís de Gaula y de Tirante el Blanco.

Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, aguardando el regreso de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que a pesar de las viruelas estaba prendado de ella, pensó hacerse pasar por Don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un su rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario Don Quijote. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió a El Toboso, Dulcinea había muerto de tercianas”. (O)

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