¿La hora de la ciudadanía?

- 18 de septiembre de 2019 - 00:00

La ortodoxia considera que la democracia es el conjunto de procedimientos para elegir gobernantes. Esta teoría elitista de la política es cuestionada por la teoría participativa que, sin salirse del enfoque institucional, intenta recuperar la acción política para los ciudadanos.

Existen dos grandes corrientes: las democracias liberales que padecen una grave crisis de representatividad, y la sociedad civil, que busca espacios que intentan resolver el dilema de los que creen -y hay muchas razones para ello- que la política equivale a corrupción, es decir, a una perversión de lo político.

¿Qué hacer para lograr que ese “privatismo apolítico”, esto es, aquel en el que el individuo se refugia en lo privado, sin ningún contacto con lo social ni con lo político, tenga una salida hacia una participación real en las cuestiones que conciernen a todos?

La respuesta no es fácil, porque este tipo de individuo -ensimismado y sin proyección histórico-social- está favorecido por el sistema que sacraliza el voto: el voto es igual a democracia, lo cual es un sofisma, porque el sufragio no pasa de ser un mero ejercicio formal de elección a cambio de un certificado.

Otra razón es que los llamados políticos profesionales nos tratan en época de elecciones como infantes o clientes, donde las demandas de los ciudadanos no aparecen.

La alternativa es proponer la solidaridad como esencia de la democracia. Pero la solidaridad no basta, según Jesús Martín Barbero: “Tenemos una cultura política trasplantada que se condensó en instituciones formales necesarísimas, pero profundamente ajenas, distanciadas de los modos de ver, de sentir de la gente”.

El resultado no pudo ser más cruel: la democracia se volvió insignificante, en términos de participación de los bienes sociales. Y el populismo -que sigue vivo- tuvo la ventaja de “conectarse” con la cultura política del pueblo, mientras en la otra orilla, la hegemonía del discurso ortodoxo e intelectual convirtió a los ciudadanos en audiencias y públicos.

En ambos casos la participación ciudadana quedó en el limbo. ¿Llegará pronto la hora de la ciudadanía? (O)