En tarrina, no

- 01 de septiembre de 2018 - 00:00

Hasta abril de 2018 se habían recogido doscientas toneladas de plástico de las islas Galápagos, patrimonio de la humanidad, a pesar de que años antes se había contemplado la prohibición progresiva del uso de sorbetes, fundas tipo camiseta, botellas no retornables y recipientes de lo que coloquialmente se conoce como “espuma flex”. En 2004 había arrancado un programa de limpieza de las costas de Galápagos, pero parece que hay que limpiar lo que no hemos dejado de ensuciar.

Las emblemáticas tortugas isleñas, una de entre las más de dos mil especies endémicas, confunden las fundas plásticas con medusas, parte sustancial de su dieta alimenticia. El maldito plástico, que puede tardar hasta quinientos años en degradarse, proviene en el 90% del continente e incluso de países lejanos.

Según cálculos de las Naciones Unidas, anualmente se vierten en los mares del mundo ¡hasta trece millones de toneladas de plástico!: el 50% del denominado desechable. Más de cien millones de toneladas pesa una de las islas de basura que flotan, sobre todo, en el océano Pacífico.

Es clave la noticia de que en una de nuestras ciudades se aprobaría una ordenanza que prohíbe la fabricación, comercio y uso de plásticos descartables, a menos que sean completamente degradables o en un alto porcentaje reciclados, so pena de una de las pocas medidas que nos hace obedientes: las sanciones económicas.

Ni en términos empresariales ni institucionales ni individuales pensamos en el daño irreparable cada vez que usamos basura plástica para transportar ropa, comida y bebida. “La Tierra es la misma quintaesencia de la condición humana, la única en el universo con respecto a proporcionar a los seres humanos un hábitat en el cual moverse y respirar sin esfuerzo ni artificio”, decía la filósofa Hannah Arendt.

Además de las multas, debemos educarnos más respecto del peligro irreversible de ensuciar el único hogar del que disponemos. (O)

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