Concientizar y actuar en consecuencia (I)

- 29 de julio de 2019 - 00:00

(…) el actor público (…) debe también salir al encuentro de –y trabajar en mitigar– dos comportamientos anómalos específicos, cuyo génesis provienen a raíz de las desviaciones humanas mismas que pueden manchar a las naciones democráticas: la corrupción y la desafección política (…)”. Estas líneas han sido extraídas de alguno de los ensayos que tiempo atrás realicé, durante mi formación de maestría en el ámbito de la administración pública. En esta oportunidad me quiero detener en el primer fenómeno: “corrupción”.

Saltándome el compartir un concepto estructurado del término anteriormente mencionado, en virtud de que esta entrega no persigue tal fin; partamos de este caso: aquella persona que actúa al margen de pilares éticos y morales, empujando a los demás, con su ejemplo, a hacerlo. En fin, una persona con un comportamiento corrupto y que genera corrupción en su entorno.

Ahora bien, el cáncer de la corrupción presenta diversas manifestaciones. De ahí que, me enfocaré en uno de sus tentáculos: el soborno, leyéndose como “la acción y efecto de dar dinero o regalos a alguien para conseguir algo de forma ilícita” (DLE). Así mismo, escogeré el ámbito “no estatal”: la arena privada.

La razón está en mis impresiones luego de asistir a la presentación del “Estado de las prácticas Empresariales contra el soborno: primer estudio latinoamericano. Capítulo Ecuador”, realizado en la Escuela de Negocios de la ESPOL (ESPAE), en Guayaquil.

En la presentación se esgrimió que se obtuvieron datos vía consulta a 396 empresas (Quito y Guayaquil), y, entre otros aspectos, que en su mayoría son de índole nacional y que el giro del negocio del 69% de ellas es de tipo servicios.

En su diagnóstico, centrándonos en nuestra atención preestablecida, aproximadamente el 14% de ellas conoce la norma ISO 37001, frente al 70% restante que no conoce ninguna norma, aunque aproximadamente el 54% mantiene un código de ética o conducta. Pero, aún hay más… (O)