Cien años sin soledad

- 02 de agosto de 2017 - 00:00

Una verdad. Las revoluciones políticas no se quedan solas, aunque pierdan bastantes de sus mejores admiradores y de quienes ven un horizonte romántico ahí donde solo cabe el ejercicio empedernido del poder. La Revolución de Octubre, en Rusia y en 1917, ocurrió en noviembre según el actual calendario gregoriano y parecía que ahora sí, por fin, las grandezas humanitarias de los objetivos no permitirían ninguna sordidez e injusticia durante la defensa del proceso revolucionario.

Una ingenuidad desproporcionada, es por el Estado y su organización lo que enfrenta a unos que se llaman ‘revolucionarios’ y otros calificados de ‘contras’. El cañonazo del crucero Aurora fue la señal para el asalto a la sede del Gobierno provisional ruso y a cierta razón humana devota de la perennidad de las cosas.

Eterno conflicto entre quienes no quieren vivir como hasta ese entonces y quienes creen que así será.

Aniversario 62°. Línder Altafuya, amigo de lecturas y larguísimas conversaciones, me había pasado Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn, libro de lectura asfixiante por mi escepticismo en las denuncias de los crímenes políticos. Durante años tuvo el señalador en, más o menos, la mitad del paginado. Uno es sus primeras lecturas de las que sedimenta un perturbador dogma.

Fue el idealismo consumido y asumido de las obras apasionadas de La Madre, de Maxim Gorky y Así se templó el acero, de Nikolai Ostrovski, nos convocaban a la fe socialista. Antes, Jorge Trujillo, otro socio de lecturas, me había alcanzado Un día en la vida de Iván Denísovich, del mismo A. Solzhenitsyn, no me afectó la creencia.

Unos meses antes de esa onomástica roja, aterrizaba en el aeropuerto de Sheremétievo, en Moscú, habría de comprobar aquello que escribió Gabriel García Márquez: “22 millones de kilómetros cuadrados sin anuncios de Coca Cola”.

La grandeza del Teatro Bolshói está en sus artistas. Solía leer Novedades de Moscú en el local de los Cabezones (nombrete entre admirativo y reprochable a los miembros del Partido Comunista de Ecuador), me saltaba los temas políticos para caer en las páginas culturales. Caramba, por la dinámica cultural moscovita era comprensible eso de Moscú no cree en lágrimas (título de un célebre filme soviético). Las páginas del jornal no mentían, así era la movida cultural, y quizás más.

La primera y única vez que asistí al Bolshói fue en bluyín y camisa, debió ser una curiosa excentricidad en medio de fracs y trajes.

“Te lavaron el cerebro”, bienvenida de un amigo, porque le dije que la mitad de aquello que me contaba era inexacto. Años de transparencia (glasnost) y reestructuración (perestroika) comenzaron en 1985. Este jazzman estaba de regreso. Mijaíl Gorbachov parecía el Fidel Castro de inicios de otra Revolución, la cubana. De repente aparecía en fábricas, conversaba en plena calle con la ciudadanía, amanecía en empresas socialistas para verificar conductas gerenciales e invitaba a recrear el sistema soviético. (O)