Los perdedores del apocalipsis

- 21 de octubre de 2019 - 00:00

Por esencia -dice este ateo- el Génesis es un triunfo para todos y el Apocalipsis una victoria para pocos. Eso ocurrió en el Apocalipsis zombie que vivió el país cuando fuimos invadidos por el fanatismo en el octubre más gris de este país amazónico.

¿Quiénes perdieron? Principalmente quienes nos enseñaron su cuerpo y alma en el día del fin del mundo y no pudieron seguir escudándose en la carcasa que las convenciones sociales imponen en los días normales.

Perdieron los líderes sindicalistas que salieron a luchar, como lo han hecho toda su vida, por los derechos laborales, pero que se expusieron al enseñarnos que nadie sabe en qué trabajan, de qué viven, cuántas plazas de empleo han generado, a cuántos trabajadores han dado de comer.

Perdió el Prefecto nacido con nombre castizo y apodado con nombre kichwa, que como líder ambientalista apoyó la quema de llantas y exigió la venta de combustibles a módicos precios para que todos polucionen el mundo. Y lo hizo pagado por nosotros, pues en esos 12 días siguió cobrando su sueldo de funcionario público mientras abandonó su provincia y su trabajo.

Perdió la leyenda indígena, esa que se contaba de generación en generación como la de un pueblo respetable que siempre luchó por sus derechos. Perdió cuando llegaron, sin propuesta alguna, a destruir nuestro patrimonio cultural, a quemar árboles centenarios, a secuestrar periodistas, a torturar policías, mientras se protegían usando como escudo humano a sus ancianos y niños.

Perdió el gobierno porque no pudo sostener la eliminación de subsidios que nos garantizaba un mejor futuro a todos los ecuatorianos, pues unos pocos, hipnotizados por el corto plazo y arrinconados por la ignorancia, creyeron que luchar por el futuro era irresponsable porque se debía batallar por un suspiro.

Hasta perdió la corporación de forjadores de informes, de esos que inventan cargos para procesar a culpables cuando no encuentran los cargos reales e inventan cargos para procesar inocentes cuando deben proteger a culpables; perdieron cuando una jauría de delincuentes incendió su guarida.

Perdimos casi todos, porque en el día del juicio final no nos unimos para combatir a Satán, sino que nos convertimos en el Lucifer de nuestra propia especie, mientras dejamos que ganasen los mismos de siempre, los paupérrimos vampiros que profesan que el progreso del mundo radica en la succión interminable de la sangre de todos. (O)

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