El alcalde que se emborrachó

- 26 de septiembre de 2018 - 00:00

Un servidor público electo fue entrevistado en evidente estado etílico durante un acto público mientras representaba a su cargo y a sus electores. Por alguna razón, la noticia habría pasado mayormente desapercibida, si no fuera por la despiadada omnipresencia de las redes sociales. Mucha indignación, pero más que nada, mucha burla (que para eso están las redes) y sorprendentemente, muchas defensas al alcalde de todas esas actitudes “moralizadoras” que lo criticaban. Al final, el problema parece que en realidad lo tienen todos quienes abusan de un “curuchupismo brutal”, un conjunto de hipócritas santurrones que seguro son también unos borrachos, pero que son incapaces de perdonar las muestras de debilidad de un hombre con fallas.  Es entonces cuando no entiendo cuál es nuestra concepción del servicio público. Porque, a mi entender, un servidor público es un empleado. Todo acto en el que está representando a su cargo es como empleado. Yo no tengo posición alguna sobre cuánto tome y cómo actúe un alcalde en su tiempo libre y en su vida privada. Pero si mañana yo llego a mi lugar de trabajo borracho, mi empleador, curuchupa o no, tendrá a bien despedirme. No habrá quién critique al empleador. Y, sin embargo, el administrador de la cosa pública recibe un pase libre. Recibe la defensa en contra de las “hordas rabiosas”, sus mandantes, hipócritas por demandar más de sus representantes.

Porque este incidente, pequeño en relación con los problemas que agobian a un alcalde criticado por una pobre gestión, revelan, tanto el doble rasero con el que juzgamos a los políticos, como la manera en que entendemos la función pública. Es importante recordar que un servidor público, cuando está representando el cargo, es un empleado. Tiene las responsabilidades de un empleado y debemos juzgarlo como tal. Pero además es financiado por fondos públicos. Es decir, la borrachera del servidor público, durante sus horas de trabajo, es mientras usufructúa de los dineros públicos. No es solo un reflejo de sus limitaciones administrativas, sino del “despilfarro” de fondos.

Dirán que no son millones (aunque la administración del servidor público no ha estado exenta de sus escándalos por corrupción), pero esto no es una competencia. Y así como aquellos que, con razón, critican la actuación de otros servidores públicos, no pueden defender al que les cae bien, solo porque les cae bien. Porque al final lo que tenemos son defensores de personas y preferencias y no de ideas. (O)