El ALBA siempre tiene amanecer

- 30 de agosto de 2018 - 00:00

Ni al más recalcitrante enemigo de Bolívar o conservador de su tiempo, ni siquiera a un trasnochado sin alba, se le hubiera ocurrido jamás renegar de la saga de las independencias de los pueblos de Nuestra América. Ni siquiera los afanosos espíritus burgueses han pretendido nunca la desaparición de las patrias chicas. Y la razón ha sido más bien práctica. Los conservadores, tanto del siglo XIX como de principios del siglo XX, tenían en el horizonte la creación de la nación y las repúblicas aristocráticas. Y los burgueses necesitaban tener un territorio básico para sus negocios.

En el paso del tiempo, conservadores y liberales patrióticos, incluso algunos burgueses, más allá de sus rivalidades, coincidieron en la necesidad de fortalecer la relación entre sus Estados latinoamericanos, puesto que estaban unidos por una historia común, una lengua y por regiones ambientales que poseían inmensos recursos, que se disponían a explotar para insertarse al comercio mundial, en calidad de proveedores de materias primas. Por ello, a excepción de la ultraderecha, a pesar de los devaneos, muchos gobiernos regionales han impulsado inevitablemente y a regañadientes, instituciones y acuerdos para hacer de América Latina una región económica, puesto que otro camino llevaba al suicidio. Todos sabemos que mientras agoniza o se transforma este sistema contradictorio, tenemos que responder a una realidad concreta, fortaleciendo un espacio de escala, suficientemente vital como para no ser barridos del todo, puesto que llevamos 200 años insertados al sistema internacional, llevando la cruz de la dependencia y la desventaja frente a países poderosos, dueños del conocimiento y la tecnología. En ese contexto, ¿a quién se le puede ocurrir debilitar la unidad latinoamericana?

Si los vientos huracanados no son suficientes para anticipar una tempestad, vale entonces recurrir a las reflexiones de hombres que tuvieron la capacidad de mirar el porvenir usando la inteligencia del sentido común combinada con el amor a los demás. En 1825, el Libertador le envió una comunicación a su vicepresidente Santander, instruyéndolo: “Usted ordene que se pase por todo, con tal de que tengamos federación (…); quiero decir, que se conserve a todo trance la reunión federal y la apariencia de este cuerpo político. Su mera sombra nos salva del abismo o nos prolonga la existencia por lo menos” (Simón Bolívar).

Todos los días, aunque alguien no quiera, sucederá un ALBA en América Latina. (O) 

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