Al Maestro, con cariño

- 12 de noviembre de 2014 - 00:00

Debí conocerlo a mediados de los 90, para ese entonces su buena fama iba más de prisa que sus largos pasos. Algunos hermanos solían decirme con sorprendente fervor: “Tienes que conocer al Maestro Juan”. Y un día nos encontramos y acepté que aquello de ‘Maestro’ no correspondía a la generosidad de la admiración, el hombre se lo merecía; ese título no es regalo ni apodo. Este jazzman no sería el que es ni hubiera podido ser sin sus nobles préstamos intelectuales. Es Juan García Salazar, vino del norte de la provincia de Esmeraldas y allá sigue su ánima errante, aunque ambos se encuentran con vital frecuencia, para que los saberes sean conocidos y aplicados por todos.

Hay que explorar en cada papelito de la historia para conocer aquello que debió ser y no lo que el cronista del colonialismo quiso que se supiera. Aquello suele decir para obligarnos a lecturas y relecturas. Historiador por la Johns Hopkins University, es de una rigurosidad testimonial, sencillez en argumentos y en lo personal como para que nadie se vaya sin comprender sus matemáticas de la historia. Después de leer miles de documentos y gastarse varias vidas investigando la historia nuestra (la Historia Negra, como diría Joe Arroyo) da certezas muy aproximadas de la conexión de sucesos en la geografía colonizadora europea.

Antes de irnos a Portete 2014, para la celebración colectiva de los 461 años del desembarco de las seis mujeres, los diecisiete hombres y Alonso de Illescas, fuimos a visitarle y el Maestro volvió a la cátedra. De repente supimos que su valor épico y trascendente aún es insuficientemente conocido. Algo breve de mis apuntes: haber comprendido la importancia de la Región de las Esmeraldas para los imperios europeos y fundar este Palenque de Libertad (los colonialistas la llamarían la República de los Negros y Zambos Libres) en el paso obligado de sus mercancías y las riquezas; su afán sincero de entender las culturas indígenas para fortalecer la alianza indoafricana al punto de aprender sus idiomas; y una diplomacia efectiva para ganar batallas sin tener que combatir.

El Maestro Juan García se define a sí mismo como el ‘obrero del proceso afroecuatoriano’, el ‘guardián de la tradición’ y para la totalidad de la negritud ecuatoriana es el Maestro. El poeta Antonio Preciado escribió unos versos biográficos (diríamos de Maestro a Maestro): “A un hombre como él, así de espejo para tantos rostros, y así de Juan, de nombre hace tiempo visible a la cabeza de tanto anonimato; a un García en verdad singular, tan así de plural, tan compartido en una muchedumbre de otros apellidos; […]”.

El Maestro suele abandonar el gabinete de estudio y se va a las comunidades a contarles ‘su’ historia, para que no sean solo sombras políticas de la República del Ecuador. Ahí, devuelto aguas arriba, es un griot porque cumple la tarea de hormiga de crear pequeños palenques de conocimiento y saberes; todavía voy a sus apalencamientos. Por ahora, axê, Maestro.