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El Telégrafo
María José Machado

En un 8 de Marzo, postpandémico y bélico

05 de marzo de 2022 00:00

El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer, cuya historia es la de la lucha de las trabajadoras por mejores condiciones laborales en las fábricas de Estados Unidos y Europa[1]. En 1910, Clara Zetkin propuso en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague en 1910 su conmemoración, extendida actualmente por todo el mundo. El 8 de marzo es una fecha eminentemente política, indignada, tumultuosa y de origen trágico que no se celebra, ni se felicita, sino que se conmemora. Es, por supuesto, una oportunidad de balance de los avances y límites de las mujeres en el largo camino hacia la igualdad. Si en muchos países hemos eliminado de las leyes los aspectos más graves y de cruel obviedad del patriarcado —con la excepción imperdonable de la penalización del aborto en el Ecuador— las desigualdades no se eliminan del todo, persisten y se afianzan con nuevos discursos y prácticas que el machismo, el capitalismo y el colonialismo perpetúan.

 

Kate Millett, escritora norteamericana recuerda, en Política sexual, los fervientes y apasionados discursos de los senadores de finales del siglo XIX en Estados Unidos: “el Dios de nuestra raza ha querido marcar a la mujer con una naturaleza más frágil y apacible que la inhabilita para los alborotos y contiendas de la vida pública. La mujer posee una misión más elevada y más santa: formar, apartada del mundo, el carácter de los hombres del mañana.” Entre la ilusión de una condición femenina cercana a la santidad y la realidad de las mujeres burguesas y proletarias, había un abismo. El 25 de marzo de 1911 se incendió el edificio ocupado por la compañía Triangle Shirtwaist. Las setecientas empleadas de la empresa trabajaban hacinadas entre apretadas hileras de máquinas. El pánico estalló al propagarse rápidamente el fuego hasta las plantas novena y décima de la fábrica. Los ascensores resultaron inadecuados. Las escaleras se hallaban protegidas por verjas. Las salidas de urgencia estaban en su mayoría cerradas con llave. El edificio no contaba con escaleras de incendios exteriores. Las redes a las que se recurrió se rompían al recibir los cuerpos. Al caer la tarde, se comprobó que habían muerto ciento cuarenta y seis operarias, jóvenes en su mayoría. Algunas habían perecido abrasadas; otras, al dar contra el suelo; otras más, empaladas en las rejas de hierro. Los dos propietarios de la gran compañía fueron sometidos a juicio y absueltos. La única sanción consistió en una multa de 20 dólares que se impuso posteriormente a uno de los socios. Nada que celebrar.

 

En todas las épocas las mujeres han trabajado y han soportado jornadas más largas, menos paga y realizado tareas más desagradables que los varones. En Inglaterra y en Estados Unidos las investigaciones de las condiciones de trabajo de las mujeres y los niños en la revolución industrial levantaron una ola de indignación. Para las mujeres trabajadoras de la época, los sindicatos eran una necesidad más apremiante que el voto, pero el movimiento sindicalista mostró un interés ínfimo por las mujeres. Así, las mujeres representaron una mano de obra desorganizada, barata, a la que se podía explotar con mayor facilidad que a los hombres y despedir, dejar en paro o denegar trabajo.

 

Las Naciones Unidas en 1975 institucionalizaron el Día Internacional de la Mujer, en conmemoración de la lucha obrera y por la igualdad entre hombres y mujeres y por la plena autonomía física, económica y de decisión. El primer Paro Internacional de Mujeres se celebró el 8 de marzo de 2017, con la presencia de más de cincuenta países en el mundo. Se inspiró en el histórico paro nacional convocado por el movimiento de mujeres de Islandia, el 24 de octubre de 1975, con la participación de amas de casa y trabajadoras remuneradas.

 

En 2022, en el contexto de la pandemia por COVID-19 y la necesidad de una recuperación del tejido social, afectado por los efectos de la crisis sanitaria y su gestión política, es urgente que las medidas de reactivación post pandemia y las políticas del Estado ecuatoriano pongan la situación de las niñas y mujeres en el centro, con medidas afirmativas para paliar el desempleo, la pérdida de protección social y medios de vida de las jefas de hogar y familias ecuatorianas, el aumento de la violencia, los embarazos no deseados, los feminicidios, los abortos inseguros y la ausencia de las mujeres en las decisiones relativas a la emergencia sanitaria, a pesar de que, han sido las mujeres quienes sostuvieron la crisis con redes solidarias y autogestión comunitaria y con el aumento de trabajos domésticos y de cuidados.

 

La reciente guerra en Ucrania reafirma la naturaleza antimilitarista del feminismo. Como dice la filósofa italiana Silvia Federici, “no a las mujeres en el ejército, porque no a la guerra, no a la participación en ninguna organización que nos comprometa a matar a otras mujeres, a otros hombres en otros países con el objetivo de controlar los recursos del mundo. La lucha feminista debería decir en ese sentido que los hombres deberían ser iguales a las mujeres, que no haya hombres en los ejércitos, es decir, no a los ejércitos y no a las guerras”.

 

Los movimientos de mujeres han tenido un papel central en la visibilización, denuncia y transformación de las desigualdades en nuestro país. Destacan las movilizaciones de las mujeres de todas las edades, pero especialmente de las más jóvenes, por la despenalización del aborto por violación. Las mujeres de pueblos y nacionalidades luchan por la defensa del agua y de la vida y contra la minería y la extracción petrolera en sus comunidades. La discriminación racial todavía impacta severamente en la calidad de vida de las indígenas y afrodescendientes, existe una línea divisoria étnica y sociocultural, que condiciona el acceso a los derechos humanos.

 

Persiste la continuidad del sistema colonial sobre la base de los paradigmas del heteropatriarcado y el colonialismo interno. Se deben poner todos los medios políticos, económicos, legislativos, de educación y seguridad para el pleno ejercicio de todos nuestros derechos, pues las deudas del Estado ecuatoriano, por acción u omisión, con las mujeres, son múltiples y lo demuestran las estadísticas sobre brechas de género, violencia machista y discriminación que presento[2] y que no agotan la dimensión de la desigualdad:

 

  • Para Fundación Aldea, 2021 fue el año más letal para las mujeres. Cada 44 horas se cometió un feminicidio en el Ecuador. La edad más frecuente de las víctimas es de 26 años, 99 de ellas eran madres y al menos 197 hijas e hijos quedaron en situación de orfandad. El 46% de los feminicidas eran del entorno cercano o íntimo de la víctima.
  • En el Ecuador, 7 de cada 10 mujeres han vivido algún tipo de violencia.
  • 1 de cada 4 mujeres ha vivido violencia sexual.
  • Las mujeres transexuales y lesbianas sufren discriminación y violencia en razón de su identidad de género y de su orientación sexual. Las “clínicas de deshomosexualización” son centros de tortura en los que se viola y secuestra a las mujeres por su identidad. 7 mujeres trans fueron víctimas de feminicidio en 2021.
  • El Ecuador ocupa el primer lugar en la Región Andina en embarazos adolescentes.
  • En el actual contexto hay un incremento del embarazo infantil y adolescente. La OPS ha estimado que entre el 11 y el 20% de los embarazos en niñas y adolescentes son resultado de violencia sexual.
  • El 80% de las violaciones sexuales de niñas y adolescentes en la región se concentran en víctimas entre los 10 y 14 años, el 90% de estos casos involucran un contexto de violación reiterada (CIDH).
  • Si bien el aborto por violación fue despenalizado en 2021 por la Corte Constitucional, aún no está en vigencia una Ley justa y reparadora. La Asamblea Nacional ha impuesto plazos restrictivos a la causal violación y esto excluye a las niñas y mujeres más vulnerables, que notan sus embarazos más tarde y tienen dificultades adicionales para acceder a los servicios de salud. El posible veto del presidente Lasso pone en riesgo estándares que ya están por debajo de los mínimos para las víctimas de violación.
  • La encuesta de uso del tiempo de 2012 muestra que el 95% de hombres y mujeres ecuatorianas dedica al menos una hora por semana realizar cuidados para otras personas en su familia. No obstante, el 85% de las mujeres dedica más de 20 horas, mientras el 80% de hombres dedica menos de 10 horas. Las actividades más demandantes de tiempo se relacionan con el cuidado directo, la preparación de alimentos y la limpieza de la casa.
  • Las mujeres destinan en promedio cuatro veces más tiempo al trabajo no remunerado que los hombres. La mayor diferencia se observa en el área rural, donde las mujeres trabajan en promedio 25:33 horas a la semana más que los hombres. 
  • De las horas dedicadas al cuidado infantil y educación, el 70% está constituido por trabajo no remunerado en el hogar. Las consecuencias de este hecho se relacionan tanto con la calidad de vida y del tiempo de las mujeres, como con sus oportunidades.
  • Las mujeres están sobrerrepresentadas en sectores mal pagados (servicios, comercio en pequeña escala) o no remunerados (apoyo para la agricultura y negocios familiares por ejemplo); siguen siendo mayoría en cargos de apoyo, y las empresas que dirigen son mayoritariamente pequeñas, de baja productividad y poco competitivas.
  • A 2014 alrededor de 130.000 mujeres indígenas eran analfabetas; la relación de incidencia del analfabetismo entre mujeres indígenas y hombres blanco mestizos es de 5 veces a 2014 y no se ha modificado en 20 años.
  • Existen indicadores favorables en el acceso de las mujeres a educación superior, que no se traduce en igualdad de oportunidades laborales y en ingresos económicos. A mayor responsabilidad e importancia en cargos en empresas e instituciones públicas, menor número de mujeres.
  • La participación política sigue siendo un desafío para las mujeres y un terreno dominado por los hombres. Solamente un 7% de las alcaldesas son mujeres, a pesar del mandato de paridad. La violencia de género en la vida política afecta a al menos 7 de cada diez autoridades.
  • En materia de niñez y adolescencia, persiste la feminización del cuidado y la tenencia de niñas y niños, en hogares monoparentales y luego de separaciones. El 80% de quienes demandan pensiones alimenticias son mujeres y en el 80% de casos las pensiones son inferiores a $200. Existen intentos, desde grupos anti derechos, de imponer por sentencia judicial la tenencia compartida, cuando 8 de cada 10 mujeres divorciadas ha vivido algún tipo de violencia. Se pretende, además, reconocer el síndrome de alienación parental, no avalado por las organizaciones médicas ni científicas internacionales, como prueba legal para revertir la tenencia materna e incluso desmentir las denuncias de violencia a las mujeres-madres y los propios hijos e hijas, por parte de los agresores. La Corte Constitucional declaró inconstitucional la preferencia materna, que era una herramienta de acción afirmativa que protegía a las mujeres víctimas de violencia y sus hijos e hijas de violencia y control por parte de sus exparejas agresoras en juicios de tenencia.

En un reciente documento de Observaciones finales del Comité de la CEDAW al Estado ecuatoriano en su Décimo informe periódico sobre la aplicación de la Convención para Eliminar todas las formas de discriminación contra las Mujeres, las expertas expresaron su preocupación el empobrecimiento de las mujeres y la falta de medidas adecuadas para detener los efectos de la pandemia y de la crisis económica sobre nuestras vidas. Hicieron énfasis en que en momentos de crisis económica y presión fiscal debe ampliarse la protección social e integrar una perspectiva de género en políticas y programas, con énfasis en las mujeres más desfavorecidas, evitando medidas regresivas.

 

La conmemoración del 8 de marzo, más allá de los discursos oficiales y de los programas de las instituciones públicas y privadas, o de su uso comercial y estereotipado, es una oportunidad para recordar las tareas pendientes de los Estados y el devenir de la vida cotidiana de hombres y mujeres, marcado todavía por las brechas y desigualdades y por nuevas formas de violencia y exclusión. El 8 de Marzo nos recuerda al feminismo como un internacionalismo y a las luchas de las mujeres, en nuestras diversidades, como hermanadas a pesar de las otras latitudes y las distancias. Eventos históricos como pandemias y guerras nos recuerdan la implicación global de la desigualdad y el compromiso universal por los derechos humanos.

 

 

[1] Algunos elementos de este texto han sido tomados del artículo “Hacia la huelga feminista del 8 de Marzo” publicado por la Revista Bareque.

[2] Algunos datos fueron tomados del estudio “Mujeres ecuatorianas: dos décadas de cambios” (1995-2015) de ONU Mujeres Ecuador y otros de cifras oficiales de instituciones públicas y de informes de organizaciones de derechos humanos.

 

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