200 años: Independencia de Guayaquil

- 08 de octubre de 2020 - 00:00

A principios del siglo XIX la globalización estaba en una fase de expansión e industrialización que los antiguos imperios absolutistas ya no podían gestionar. En el orbe occidental se desataron revoluciones y guerras para imponer regímenes liberales; Sudamérica colonial no fue la excepción, aunque originalmente no estuvo previsto que el proceso concluyera en una serie de repúblicas independientes.

La Independencia de Guayaquil de España estaba determinada por la realidad de la guerra que llegaba tanto del sur como del norte, donde se enfrentaban los ejércitos libertadores al mando de Bolívar y San Martín con los realistas. No había alternativa, el centralismo Borbón extraía más recursos e impedía el comercio, y el proyecto monárquico constitucional no otorgaba representación equilibrada a los americanos.

La asonada militar del 9 de octubre de 1820 fue producto de un trabajo político de los criollos porteños, quienes aliaron circunstancialmente a los batallones foráneos -originalmente realistas-, para lograr sus fines, cuidando que la legitimidad de la Independencia recayera en el ayuntamiento, en sí mismo un cuerpo político de antiguo régimen, que consagró el acta libertaria.

La declaración de la Independencia de Guayaquil no constituyó un acontecimiento espontáneo, ni aislado, ni único; sin embargo, fue singular por su matiz civilista y la concepción de un Estado que abarcaba la Real Audiencia de Quito, porque al final del hilo se necesitaba un mercado interno.

Después de la declaración de la Independencia, las elites porteñas maniobraron contra el militarismo foráneo encarnado en Escobedo, que amenazaba el desarrollo del proyecto civilista, cuyo objetivo era un orden político-mercantil liberal, operado por instituciones de tipo pactista, como los municipios, las corporaciones y la Junta, incluso el Colegio Electoral, novedad con ribete liberal, conformada por diputados elegidos por votación restringida.

Acompañado de fuerza militar, Bolívar obligó a Guayaquil a anexarse a la República de Colombia en 1822, porque urgía concluir la liberación sudamericana y concretar dos o tres estados poderosos que sobrevivieran en la globalización liberal. Para el Libertador la cuestión no era el árbol, sino el bosque, sin olvidar que en el caso de Guayaquil lo más trascedente era el “genio de Olmedo”.

 

 

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