Manuela Cañizares

- 11 de agosto de 2017 - 00:00

Aquella frágil y valiente mujer que hacía bolillos y bordaba preciosos encajes en su pelea diaria contra la pobreza, el frío y el hambre en el Quito colonial de las asonadas y rezos, jamás imaginó en su lecho de muerte que sus palabras escribirían una página heroica en la historia de América, ni que siglos después miles de niños haciendo sus tareas escolares las corearían a rebato, como campanas llamando a misa, sin saber muy bien por qué ni quién las dijo.

Ella, Manuela Cañizares, tenía carácter y pasión, aunque esas eran palabras obscenas para una mujer en aquella época. Ellos, los conjurados, tenían ideas, pero les faltaba valor. Ella, Manuela, tenía un amor tan grande por la justicia que era capaz de incendiar con la llama de sus argumentos las tertulias clandestinas de las que era anfitriona y hacer que los comensales olvidaran la noche o el día por seguir electrizados el hilo de su conversación.

En su casa, cercana a la Catedral, latía siempre el fuego, y en las numerosas reuniones que organizaba Manuela un puñado de patriotas revolucionarios conspiraba cómo deshacerse del yugo español y arrebatar el poder al conde Ruiz de Castilla, cómo liberar a la pobre patria esclavizada. El hambre y la sed de libertad torturaban a los patriotas, la conspiración tomaba forma en aquella ciudad helada extraviada entre las nubes en donde a los indios se les había arrebatado hasta sus almas y ser hijo de la tierra era un pecado de sangre que se pagaba con la exclusión. Quito, desvelado, asistía a un momento en que alrededor del fuego de la casa de Manuela se debatía su libertad: el futuro. Los patriotas planificaban, medían, calculaban.

Sus sombras largas discurseaban alrededor de la fogata, los pros y los contras, el qué pasa si…; pero entonces el miedo apareció, de pronto, como una serpiente, se fue enrollando en sus pechos hasta asfixiarlos y ya no fueron más los héroes valientes y fuertes de los que hablarían los libros del futuro, sino niños débiles y asustados ante el eminente castigo. Manuela Cañizares surgió como una diosa indignada, sin pensarlo más, en jarras y resuelta, les arrojó aquella parrafada de fuego que sería el combustible de la epopeya que vendría después: “¡Cobardes… hombres nacidos para la servidumbre!, ¿de qué tenéis miedo…? ¡No hay tiempo que perder...!”.

Los patriotas, alucinados, advirtieron que no era el fusil ni el puñal el que hablaba, tampoco el espíritu varonil del guerrero, era algo superior: el ideal, la lucha de una mujer, de Manuela, quien no iba a permitir que se vaya por el abismo de las vacilaciones y los temores la determinación de liberar a la patria, y con la lanza de su palabra arrinconaba a los timoratos y convencía a los desconfiados.

Desde aquel día, esa ola de fuego que despertó su palabra fue creciendo por toda América, encendiendo valles y montañas, riscos y quebradas, liberando; mientras Manuela, acusada de puta, delincuente, incendiaria; perseguida con sentencias de muerte por las fuerzas de la Real Audiencia de Quito, se escondió en un valle cálido para morir. Sin siquiera vislumbrar, tal fue el castigo de  los dioses, aquel instante de arrojo que la había eternizado; convencida de que su vida había sido repetición, solo humo, niebla o vergüenza, como era la costumbre de las mujeres audaces y bravas de su tiempo…

(Mi homenaje a aquellas mujeres gigantes del 10 de Agosto de 1809, que hicieron posible la gesta libertaria del Primer Grito de Independencia de Ecuador, sin el concurso de las cuales nuestra historia sería distinta. Relato tomado de mi libro Con (textos) fugaces, de próxima aparición) (O)

Medios Públicos EP