¿Qué nos dicen las calles de Guayaquil?

- 25 de julio de 2016 - 00:00

Hay cosas que nos quieren decir las calles. «Qué linda pared para ‘grafitear’», por ejemplo. El mensaje fue escrito en 2011, mientras se desarrollaba la iniciativa ‘Litro x Mate’, en la que el artista urbano Daniel Adum organizó a un grupo de voluntarios para pintar —con un estilo que recuerda a Mondrián— varias calles medianamente descuidadas de Guayaquil. La idea era llenar esas paredes con cuadrados de colores que se parecían mucho —en forma— a los manchones grises que usa el Municipio para tapar grafitis.

En el espacio público, el arte callejero viene a ser la voz de la comunidad, los grupos marginales y los jóvenes que quieren ser escuchados. A veces, se trata solo de desafiar las ideas de propiedad privada o de pedir permiso. El grafiti es incompatible con eso de solicitar autorización para decir lo que se piensa. Es, por lo tanto, libre. Y, por supuesto, perseguido, como Quino supo resumir en una tira que mostraba una pared con un mensaje: «Basta de censu».

Por eso entre los artistas urbanos hay un código: mientras más alto esté el grafiti (en la medianera de un décimo piso, por ejemplo), más respeto merece su autor, pues es más difícil eliminarlo de ahí.

En el arte callejero de América Latina están muy extendidas las estéticas coloridas del hip-hop o los códigos de pandillas. Pero también hay paredes en las que lo importante son las frases, más que las imágenes. Son líneas que se enfocan en el mensaje político, las historias de lucha, la conciencia social, el espíritu de cuerpo, las situaciones familiares o la comunicación de pareja —como aquel cartelito viral en el que un tal Fer le pide a su Liz que, por favor, lo desbloquee—. A falta de espacio en los medios tradicionales, la calle, la esfera pública, es el lugar preciso para exteriorizar los pensamientos de quien no tiene nada ni nadie que amplifique su voz.

Aunque hay quienes no quieren —y que prefieren destinar las paredes para pintar políticos y nombres de políticos—, en los muros de Guayaquil hay grafitis por todas partes. En un barrio de clase alta se lee esta frase: «Tienen demasiado dinero», una cita a la película alemana Los educadores. Pero también hay líneas amorosas como esta: «Y aunque no éramos nada, fuimos poesía de vez en cuando». O románticos aforismos: «Cualquiera en su sano juicio se vuelve loco por ti». O cursis declaraciones: «El primer poema que leí fue la sonrisa de mamá». Otros son militantes: «Ni circo ni caca. ¡Constituyente!». Y también aparecen los emprendedores: «Autocultivo contra el narcotráfico» —que es completado más abajo con un elocuente «¡Legalízala!»—. Hay los que prefieren plasmar reflexiones catárticas: «Ningún éxito en la vida puede compensar el fracaso en el hogar»; y otros se ponen proféticos cuando rayan las paredes para anunciar un advenimiento: «Cristo viene... vámonos».

Aquí recogemos varias de esas expresiones, regadas por las calles de Guayaquil. Nos son las mejores, ni las más poéticas, ni las más comprometidas... Es un ejercicio democrático, de darle voz a todos, y de registro, porque el grafiti —y aquí todos estamos de acuerdo— es siempre efímero, y siempre habrá alguien que los quieran borrar. Sobre una vereda de la ciudad, una frase nos lo recuerda:

«Fue lindo mientras duró».

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