Punto de vista

El arte (o ciencia) de descalificar democracias (Parte I)

- 13 de septiembre de 2016 - 00:00

Democracias con adjetivos

La democracia se expande y se convierte en el “only game in town“. Tal es el caso de América Latina desde los años 90. Francis Fukuyama diría es el fin de la historia: el  conjunto del globo adhiere finalmente a un régimen común, el menos malo de los regímenes.

Sin embargo, las nuevas democracias latinoamericanas no logran todavía  satisfacer a la Academia de los países llamados del ‘Norte’, y se crea  todo un nuevo  campo de estudio, la “Transitología”, para analizar las supuestas etapas del único camino hacia un también único ideal democrático. Este camino y modelo, obviamente, corresponden a la experiencia del ‘Norte’.

A pesar de las recurrentes críticas realizadas a la Transitología, emergen nuevos conceptos más sutiles y, por lo tanto, menos polémicos para mantener la diferencia entre países del Norte y del Sur, para separar las democracias de “alta calidad” de las de “poca calidad”. La noción de “democracia con adjetivos”, creada por los prestigiosos intelectuales Collier y Levitskyi, refleja bien esta realidad. En breve, “democracia” ya no es suficiente para describir a un régimen,  lo que hace necesario acompañar esta palabra con un adjetivo que precise el tipo de democracia frente al cual nos encontramos.

En la mayoría de los casos este adjetivo, más que precisar, anula el sentido de la primera palabra. ¿Qué le queda de democracia a una “democracia autoritaria”? Estos adjetivos hacen que las democracias del Sur (porque obviamente las democracias del Norte no necesitan tales adjetivos) parezcan una farsa, limitadas a su carácter puramente formal. En fin, se jerarquizan regímenes: las “verdaderas democracias” versus las “pseudo-democracias”.

Lo que resulta sorprendente es que esta jerarquía está, supuestamente, basada en una demostración “científica”. Existen “indicadores democráticos” que miden con “criterios científicos” la calidad democrática de los diferentes regímenes, para entonces categorizarlas en diferentes tipos de democracia.

En este artículo se toman los ejemplos del índice The Economist Intelligence Unit of Democracy (EIUD), del Freedom House (FH) y del Índice de Desarrollo Democrático de América Latina (IDD-LAT), para mostrar a qué punto estos “indicadores”, supuestamente “científicos, objetivos y académicos”, son tan solo una muestra más de occidentalo-centrismo y de politización de la Academia, siendo América Latina una de  las víctimas de estas distorsiones.

The Economist Intelligence Unit of Democracy (EIUD)

El índice EIUD es realizado por “The Economist Group”, financiado en un 43,3% por la empresa Exor (perteneciente a la familia Agnelli) y por las millonarias familias Cadbury, Rotschild y Schroederii.

El EIUD dice tener como objetivo primordial la “protección de la libertad”, basándose en cinco criterios: el proceso electoral y el pluralismo; las libertades civiles; el funcionamiento del gobierno; la participación política y la cultura política.

El EIUD clasifica entonces los países en cuatro tipos de regímenes: las democracias completas (full democracies), las democracias imperfectas (flawed democracies), los regímenes híbridos (hybrid regimes) y los regímenes autoritarios (authoritarian regimes).

Una primera lectura no permite ver a estos principios como impregnados de ideología y de una visión bastante parcial de la democracia, pero cuando se leen las definiciones detrás de ellos se puede constatar que corresponden a una visión del mundo absolutamente sesgada al modelo del Norte.

Por ejemplo, ¿qué se entiende por “cultura política”? ¿quién es apto de juzgar la cultura política de un país ajeno al suyo? Lo que es calificado como “populismo” en Europa frecuentemente se asocia con una degradación de la democracia, cuando este fenómeno, como decía el intelectual argentino Ernesto Laclau, también puede ser percibido legítimamente como un momento necesario a la democracia, por la politización ciudadana y la participación de las masas.

Estos criterios son parciales, porque están incompletos. Los criterios relacionados con la justicia social están casi ausentes. En el caso de América Latina es imposible separar el “progreso democrático” de la reducción de las desigualdades y de la pobreza: es la región más desigual del mundo. Este criterio brilla por su ausencia pese a que se trata, sin duda, del sector donde se verifica el mayor progreso en la última década.

Lo anterior conlleva a resultados imprecisos y muchas veces abiertamente equivocados.

Según el informe EIUD 2014, América Latina en los últimos años no ha tenido progreso democrático. A nivel regional el índice EIUD se redujo de 6.43 en 2008 a 6.36 en 2014, siendo prácticamente el mismo de 2006, que fue de 6.37.

En 2014, entre los países de esta región, tan solo dos son considerados democracias “perfectas” (Costa Rica y Uruguay); 12  son “imperfectas” (Surinam, Chile, Brasil, Argentina, Trinidad y Tobago, México, República Dominicana, Colombia, Perú, El Salvador, Paraguay, Jamaica); 7 son “híbridas” (Guayana, Ecuador, Venezuela, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Bolivia) y dos son regímenes autoritarios (Haití, Cuba).

El EIUD habla de una década  decepcionante en América Latina, que “ilustra las dificultades para expandir y profundizar el proceso de democratización y de establecer democracias perfectas”.

Cabe indicar que The Economist Intelligence Unit tiene como país sede… ¡una monarquía! (O)

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