Amante de la lectura, la cocina y apasionado por la defensa de los derechos del pueblo

- 15 de agosto de 2016 - 00:00
Una foto histórica fue tomada el 8 de enero de 1989. Cuando Castro realizaba un discurso en La Habana al conmemorar los 30 años de la Revolución Cubana, una paloma se posó en su hombro derecho.
Foto: AFP

Desde joven se involucró en la defensa de las causas justas de su país. Hace 57 años lideró una rebelión contra la dictadura de Batista. Sus allegados destacan su humildad y capacidad de aprendizaje, pero también su severidad y exigencia. Sus reflexiones son respetadas a pesar de su retiro. Su historia es la de un revolucionario profesional.

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“¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra! ¡Desaparezcan las colonias, desaparezca la explotación de los países por los monopolios, y entonces la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso!”. Estas palabras retumbaron en el hemiciclo de la Asamblea General de la ONU, el 26 de septiembre de 1960, durante el histórico primer discurso de Fidel Castro -de 5 horas 35 minutos- ante el organismo. 30 veces fue ovacionado, y al concluir, los líderes de los países no alineados con EE.UU. rodearon al líder revolucionario para felicitarlo por tan brillante denuncia.

Desde esa tribuna, Fidel destacó los años de lucha del pueblo cubano para alcanzar su independencia, lograda el 1 de enero de 1959 con la Revolución, que bajo su dirección, aniquiló la dictadura de Fulgencio Batista Zaldívar (1952-1959). Lo hizo con el ímpetu que ha caracterizado toda su vida, con gracia, lenguaje locuaz y retórica deslumbrante. Pero más allá de eso, sobresalía su vasta y variada formación, la cantidad de información que manejaba y procesaba. Estos elementos facilitaron su dominio de los escenarios.

“Su devoción por la palabra es su poder de seducción”. Así lo describió en su libro El Fidel que yo conozco, el fallecido Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, quien fue uno de sus mejores amigos. Eran tan cercanos que —dicen— el escritor enviaba los borradores de sus novelas a Fidel para que los lea antes de publicarlos.

Idealista o dictador, héroe o tirano. Variadas son las opiniones sobre el comandante, quien llegó al mundo el 13 de agosto de 1926, rodeado de los cedros de la finca familiar de Birán, en la provincia de Holguín.

El niño creció entre los verdes prados y desde temprana edad su carácter revolucionario se moldeó con fuerza. Así lo demuestra una carta que escribió a los 14 años como parte de su clase de Inglés, en 1940, al entonces presidente de Estados Unidos, Franklin Roosevelt, en la cual le pidió un “billete americano verde de $ 10”, ya que nunca había visto uno. La carta fue respondida por la Casa Blanca y firmada por el mandatario, pero no contenía lo solicitado.

En su juventud se involucró en la defensa de las causas justas y prometió ser abogado para proteger a los desposeídos. Se graduó, en 1950, como Doctor en Derecho Civil y Licenciado en Derecho Diplomático. En la Universidad de La Habana ya era líder y se reunía con los compañeros que compartían su ideología. Allí planeó la lucha contra el dictador Batista.

En ese tiempo, Cuba vivía una grave situación económica y social, afectada por la caída de la demanda de azúcar, motor de la industria local. La exclusión social se había convertido en un problema estructural: el analfabetismo superaba el 30% de toda la población y el déficit de vivienda era crónico. Los terratenientes despojaban a los campesinos de sus propiedades. Los partidos opositores eran pasivos y no reaccionaban frente a la represión del régimen batistiano. De modo que la revolución emprendida por Fidel, y su posterior victoria, abrió el camino al pueblo cubano para mejorar sus condiciones de vida y recuperar la soberanía de Cuba. Así lo reseñaba Pascual Serrano, periodista español que residió en la isla.

A Serrano siempre lo asombró la visión y capacidad de análisis del Comandante sobre los acontecimientos nacionales y mundiales. A veces tuvo dudas y discrepancias sobre la opinión del líder, pero admite que “Fidel siempre estuvo acertado”.

Fue un lector voraz que usa los libros como una fuente vital de información. Le interesaban los temas económicos e históricos, que era capaz de narrar con tremenda precisión. Serrano asegura: “Su capacidad de aprendizaje es tan impresionante que cualquiera que lo entrevistaba salía con la sensación de que Fidel lo había entrevistado”. El escritor resalta la humildad como una de las virtudes del líder cubano. “Tiene interés por aprender, tanto de un albañil como de una figura pública. Esa capacidad hizo de él un gigante. Supo tratar a todos con afecto y se rodeaba de gente valiosa”.

Su capacidad de hacer suyo el sufrimiento ajeno lo llevó a ser considerado por sus colaboradores, más que como su jefe, como un amigo. Así lo confirma el director de la Oficina del Historiador de La Habana, Eusebio Leal, quien destaca que siendo un político y revolucionario consagrado, Fidel tenía la aptitud de atender asuntos de índole humana que aquejaban a sus servidores. “Él es severo, pero también es justo”.

Leal recuerda que cuando Castro Ruz estaba molesto por alguna causa que afectaba a la isla, “era mejor no verlo, era un volcán en llamas”.

A su efervescencia por la defensa de la clase obrera se suma la sensibilidad ante las expresiones del arte y, en especial cuando esta se constituye en herramienta de denuncia ante la injusticia y las inequidades sociales. Así lo evidenció Verenice Guayasamín, quien valora la amistad y el mutuo afecto que unieron a su padre, el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín y al comandante.

Fue esa cercanía que le permitió tener más de un encuentro con el revolucionario, unos en Quito, otros en La Habana. Verenice hizo de conductora personal de Fidel, cuando, en su primera visita al Ecuador (1988), el Comandante salió por la parte trasera de la Fundación Guayasamín y escapó del protocolo y de los cuerpos de seguridad. Eso es mucho decir, si recordamos que siempre fue uno los gobernantes más protegidos del planeta.

Fidel era amante de la cocina y tenía un paladar especial, le gustaba conocer la preparación de cada plato con un fervor científico. Justo Pérez, quien fue cocinero y amigo durante 35 años, cuenta que le encantaba el pez perro o cherna a la plancha, el arroz frito y las pastas. En sus últimos años dejó el habano, un hábito que adquirió a los 15 años y abandonó a los 59. Las fotos de él fumando son postales del siglo XX.

Siempre fue hermético en su aspecto privado y sentimental, pero se sabe que 4 mujeres trascendieron en su vida: su primera esposa y madre de su primogénito, Marta Díaz Balart; Natalia Revuelta; la revolucionaria Celia Sánchez Manduley y su actual esposa, Dalia Soto del Valle, con quien lleva más de 40 años de casado y tiene 5 hijos.

Desde que dejó el poder, en 2008, descansó en su residencia de La Habana, donde  escribió sus columnas ‘Reflexiones’, sobre temas nacionales o mundiales, obteniendo siempre repercusiones internacionales.  

El pasado 19 de abril, en La Habana, él mismo evocó la muerte, en un inusual discurso, el de clausura del congreso del Partido Comunista de Cuba: “Pronto voy a cumplir 90 años [...] Pronto seré como el resto. A todos nos llega nuestro turno”.

Más allá de eso, la obra y el pensamiento de este revolucionario profesional, ya forman parte de la herencia latinoamericana y mundial. (I)

Marlon Méndez (izq.) es un niño cubano admirador del expresidente y que se hizo famoso al ser recibido por Castro en su casa, en agosto de 2014. Foto: AFP

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