¿Marcha de ‘nutellas’ o de ‘pelagatos’?
No importa la denominación. Igual se entiende, gracias a la confusión y a la diversa (¿o dispersa?) conjunción de identidades expuestas en la marcha del pasado jueves. Pero al mismo tiempo la denominación expresa una realidad que, simbólicamente, deviene en una confusa plataforma y en cierta deriva hacia la nada o al todo. Es decir: si el propósito de la marcha fue una llamada de atención al Gobierno sobre temas laborales o un susto de las clases altas por el peligro de perder ciertos consumos a la larga para todos no quedó claro nada.
Si los ‘pelagatos’ tuvieron un sentido más militante de su participación política (con todas las dispersiones habidas y los celos propios de la vieja izquierda), los ‘nutellas’ se refugiaron en una ‘tradición’: el odio de clase. Y ninguna de las dos posturas están mal o deben ser descalificadas. Al contrario: ‘nutellas’ y ‘pelagatos’ están expresando una insatisfacción política desde sus lugares de enunciación social y corporativa, que no puede ser desconocida o descartada en el balance.
La pregunta de fondo es hasta dónde los reclamos, demandas, necesidades y/o plataformas políticas de ‘nutellas’ y ‘pelagatos’ contienen o expresan, no su propia realidad, sino la del Gobierno en su afán de administrar el Estado sin renunciar a su proyecto político, sin caer en concesiones a los grupos corporativos empresariales neoliberales. Y al mismo tiempo nace otra pregunta: ¿los dos grupos en mención, con la marcha del jueves, efectivamente están construyendo esa unidad nacional a la que aspira Paúl Carrasco “dejando de lado las ideologías” y con el propósito de Enrique Ayala Mora de ir a una Constituyente de consenso para “borrar todo rastro del correísmo”? ¿Son posibles esos dos propósitos con la presencia y confluencia de dos expresiones sociales y políticas que, a la hora de la verdad (las marchas o actos públicos), se cuidan mucho de mezclarse y unos van a la Plaza San Francisco y otros a la Shirys?
Más allá del entusiasmo y fervor propio de los analistas de los grupos y medios de oposición, la realidad de lo ocurrido el jueves pasado es otra: el Gobierno tiene un reto difícil y complejo de relacionamiento con esos dirigentes gremiales de las protestas, por más que sus políticas, obras y liderazgo contengan todavía un peso gravitante y un reconocimiento grato. Ese relacionamiento es un reto político para decidir si se dialoga o no y para qué. Se ha hecho mucho, pero hay algunos temas no resueltos, que no entusiasman o no contentan a todos.
Obviamente, tras ocho años de gestión con índices y políticas efectivas a la vista, todo lo que se haga ahora no será igual que al principio. Por lo mismo, hay varios retos en el horizonte, tanto para el Gobierno como para los ‘pelagatos’ y los ‘nutellas’. Para el primero, imaginar respuestas creativas a este momento político, no desestimar lo ocurrido el jueves y lo que vendrá el 1 de mayo. Y para los otros, entender la política como una tarea de realizaciones concretas, no de una suma de supuestos falsos sobre una realidad evidente: Ecuador ya no es el yugo de la partidocracia y tampoco el caldo de cultivo neoliberal.
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