Los sapos de la Amazonía

| 19 de Octubre de 2017 - 00:00

La mitología del país le debe mucho a los pueblos amazónicos. El otorongo o jaguar está presente tanto en los mitos caranquis como más al sur; el amaru, la serpiente, es común en las prácticas de los curanderos andinos (además de sus ritos iniciáticos cuando entran al río con la yaku huarmi); jempe, es el colibrí que entrega el fuego a los shuar o el fabuloso Kujanchan, con sus alas…

El tema de la Amazonía nuevamente está en discusión en estos días, a propósito de una de las preguntas de la consulta en torno al Yasuní, uno de los lugares más biodiversos del planeta, pero que debería también incluir a la cultura. Y esto es porque aún en el imaginario creemos que el Oriente, como aún lo llamamos, es un vasto territorio de árboles y de pájaros o el reciente lugar de los colonos. Nos imaginamos, otras veces, el lugar idílico y antes el sitio de disputa entre civilización y barbarie, según los relatos del siglo XIX. Poco conocemos de sus leyendas, de los pueblos que allí viven hace milenios. Aquí, una de las mitologías del pueblo siona:

Hace mucho tiempo, en la tierra de los sionas, existía un hombre que había dedicado su vida a la cacería de todo sapo que encontrara a su paso. Era tanta su saña contra los batracios que llegó un día que parecía que los había exterminado a todos porque ya no se escuchó a ningún animalillo croar.

Un día el cielo se oscureció de manera inusitada. El lóbrego ambiente solo fue el preludio para que un ventarrón -salido de la nada- se posesionara en el centro del poblado. Y fue como si del infinito descendiera una forma que cuando se acercó a la tierra todos miraron absortos que se trataba de la Madre de los Sapos.

Mientras tanto, el antiguo cazador de sapos se encontraba tranquilo en su morada cuando sorpresivamente llegó la Madre de los Sapos, quien se sentó en el hombro derecho y fue como si en sus patas arrugadas tuviera raíces porque ya no se desprendió.

El hostigador de los sapos tuvo que aprender a vivir con esa enorme alimaña, cada vez más aferrada su hombro. Pero eso no era todo, porque la rana expulsaba sus líquidos en el cuerpo del cazador, que mantenían sus ropajes amarillos y fétidos. Todos sabían que el siona olía mal porque era el único que no asistía a las fiestas y pasaba ensimismado con la extraña compañera en su hombro.

Tenía mucho tiempo el siona llevando al desproporcionado animal por todos los lugares y meditaba en silencio cómo deshacerse de semejante intruso. Un día pidió a la rana que se bajara un momento para poder cosechar los frutos de un árbol, cercano a un río caudaloso. El animal accedió. Cuando estaba en la cima el siona se lanzó al agua y así pudo desaparecer.

Al llegar donde sus parientes les contó lo sucedido y pareció que todo iba a ser normal, cuando nuevamente la tarde se volvió oscura. Otra vez un viento fortísimo llegó desde la selva y encima venía la Madre de todos los Sapos, para hacer una propuesta:

“Vengo a llevarlo, porque quiero que sea mi esposo”, le dijo mientras se le sentaba en el hombro. La oscuridad se fue evaporando y cuando el resto de sionas quiso encontrarlo solo se escuchó un croar en la lejanía. (O)