Viernes, 15 Julio 2016 00:00 Columnistas

La desmemoria de un país migrante

Sebastián Vallejo

O es la desmemoria de un país migrante o hay una disfunción estructural donde los Estados tienen la xenofobia institucionalizada. Espero que sea la primera. Espero que, al igual que con nuestra desmemoria política, solo sea cuestión de recordar que nuestros compatriotas han sufrido ser desconocidos como ciudadanos. Es en honor a estos miles de ecuatorianos que nuestra Constitución habla de ciudadanía universal, de la libre movilidad. Es en honor a estos miles de ecuatorianos ‘ilegales’ que se condenó caracterizar de ‘ilegal’ a una persona.

A lo mejor la desmemoria venga porque los agentes que regulan la política migratoria no entienden lo que significa que tu sustento esté limitado por tu estado migratorio. Se les escapa lo que implica dejar tu tierra porque te resulta mejor un país de conductas y normas culturales ajenas, dejando tus redes comunitarias y familiares, para apostarle a algo desconocido. Sentir el dolor de los hermanos migrantes no es lo mismo que ser un migrante considerado ilegal. Pero incluso el ser migrante ‘legal’, como lo fueron aquellos funcionarios que vivieron y estudiaron en el exterior, debió inculcar cierto sentido de solidaridad frente a la condición de sus compatriotas y de los migrantes en general. (O puede que por su misma condición ‘legal’, su experiencia haya estado demasiado distanciada del ‘arquetipo’ del migrante ecuatoriano.).

Puede que las exigencias o motivaciones de los migrantes cubanos no sean válidas, o que el Gobierno no quiera acogerlas, pero su condición como ciudadanos no puede ser vulnerada. Así busquen aprovecharse de esta condición. Porque es la misma posibilidad de manifestarse que esperamos se conceda a nuestros compatriotas en el exterior. Y porque somos mejores que eso. Somos mejores que redadas en la frontera, que deportaciones masivas, que persecución sistemática, que abuso laboral, que paredes y xenofobia. O, por lo menos, deberíamos serlo.

Pero luego está también el doble discurso. El doble discurso de aquellos que se quejaban de la Constitución ‘ultragarantista’, novelera y antijurídica, y ahora se rasgan las vestiduras con las deportaciones. Los mismos que hace un par de años expiaban su xenofobia, sin tapujos ni reparos, de cómo nuestro país estaba siendo invadido por cubanos y colombianos, gente que solo venía a robar y a quitarnos puestos de trabajo. Esos que ahora son adalides de los derechos humanos, que claman por los migrantes, que condenan al Estado y se sienten avergonzados de su país, ayer los despreciaban.

Y el problema del doble discurso no recae tanto en que una persona no pueda estar en contra de la ciudadanía universal y también de las deportaciones. El problema es que desvirtúan el debate humanitario, convirtiéndolo en un debate legalista, que en el fondo no se centra en el individuo, sino en la ley. Esta postura que utilizarán para atacar al Gobierno, pero que olvidarán en el momento que refuercen la actual política migratoria de visas y fronteras cerradas. Porque, al final, esa fue su posición desde el principio.

Entonces lo ganado por el ‘progresismo’ revolucionario se va perdiendo, reformando, y queda solo un campo electoral, centrado en los votos, antes que las personas y las ideas. Porque ni los migrantes quedan. (O)

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