'Con mis hijos no te metas' o los vicios del gradualismo

| 20 de Octubre de 2017 - 00:00

Estar en contra de los derechos LGBTI no es una cuestión de opinión. Opinión es decir que el amarillo es el mejor color del mundo. Opinión es decir que nadie canta mejor que Rafico. Que ese peinado te queda bien, también es una opinión. Atropellar los derechos de otras personas no es una opinión. Es simplemente una posición retrógrada e indefendible, y viene siendo hora de que dejemos de tratarla como una opinión válida y respetable. Porque mientras legitimamos esas posiciones con un debate, mientras legitimamos esas posiciones con la tolerancia que son incapaces de conceder, también legitimamos una sociedad donde existen personas de segunda categoría. Legitimamos un país donde la igualdad de derechos de todos los ciudadanos es una cuestión de opinión.

Ha llegado el momento de dejar el gradualismo, de esperar que la sociedad esté ‘lista’ para reconocer los derechos de las personas LGBTI (muchos de los cuales están ya contemplados en la Constitución). Silvita Buendía y Pamela Troya, ambas activistas LGBTI, han publicado artículos más ilustrativos acerca de la marcha ‘Con mis hijos no te metas’, y críticas más elocuentes, así que no voy a referirme a ello. A lo que quiero apuntar es a esa posición tibia, donde hay que escuchar a las dos partes y llegar a un acuerdo. Una posición que falsamente equipara la validez de los argumentos. Donde terminamos sopesando una moralidad personal del medioevo frente a un bien colectivo, y les damos a ambos el mismo valor.  Aquí no vale el ‘respeto pero no comparto’, porque el ‘respeto pero no comparto’ de quienes promovieron esta marcha ‘por la familia’, de quienes ven cucos en cualquier cosa que tenga la palabra ‘género’, de quienes catalogan identidades como ‘anti-natura’, es una posición que termina por justificar, a través de una falsa tolerancia, un Estado machista, patriarcal y heteronormativo. Sí, aunque les duela toda la jerga, es un Estado machista, patriarcal y heteronormativo. Es esta sociedad del ‘respeto pero no comparto’ la que termina por legitimar un Estado donde a quién amas y cómo te identificas son barreras para gozar de derechos. Un país donde están normalizadas y cotidianizadas las agresiones contra todo aquel que no sea hombre y heterosexual.

Debemos pelear por un discurso común donde se condene a quien cree que es moral, y socialmente aceptable, repartir derechos a conveniencia. Y debemos hacerlo porque también condenaríamos a quienes van al estadio para gritar barras homofóbicas y racistas; a quienes rechazan a una alumna por tener una identidad diferente; a quienes juzgan a un trabajador por su pareja. Porque esos gritos, ese rechazo y ese juzgamiento crean entornos donde los niños deben vivir ‘en un clóset’, donde agredir a quien es diferente es solo el siguiente paso, donde se debe estar constantemente justificando quiénes somos y por qué somos así. Esta semana mi muro de Facebook ha estado repleto de mujeres publicando ‘Yo también’, refiriéndose a quienes han sido acosadas sexualmente. La cantidad de publicaciones es tan admirable por la valentía colectiva como escalofriante por los números. Ante mi sorpresa, mi esposa comentó: “Te sorprendes porque el acoso es tan cotidiano, tan engranado en nuestras costumbres, que seguramente lo has hecho y no te has dado cuenta”. Ese es el resultado del gradualismo. Y son las mismas batallas que tienen que lidiar diariamente las personas LGBTI. Mientras nos dicen que debemos respetar opiniones que normalizan estos comportamientos, mientras nos dicen que debemos consensuar entre ambas partes, seguimos legitimando una sociedad, un país y una realidad, donde ser uno mismo y amar a quien uno quiere es razón suficiente para perder tus derechos. (O)