Sophia, y la historia de la rosa blanca
Hay mujeres capaces de acometer y lograr lo que parece imposible. Eso fue lo que hizo una niña de 16 años llamada Sophia Scholl, cuando decidió enfrentar a las hordas nazis en el poder, que predicaban que los alemanes arios nacían sin pecado original y que por fuera del nazismo no había salvación.
Sophia, como millones de niños alemanes, fue sometida a un inmisericorde lavado de cerebro que les prometía el paraíso nazi en el planeta, a cambio de entender que todos los demás humanos éramos subespecies despreciables.
Pero la intensidad del tratamiento no pudo borrar en Sophia la huella de su inteligencia y dignidad, y desde los 16 años se opuso a las manifestaciones totalitarias de los nazis que eran como el aire que se respiraba en todas partes. Un día, entonces, le confesó a su hermano mayor, Hans, que ella pertenecía a una organización secreta llamada La Rosa Blanca, y que se oponía al discurso brutal del poder nazi. Su hermano, regocijado y sorprendido, le confesó que él con otros jóvenes estudiantes, eran los creadores de la organización.
Sophia, ferviente lectora y gran pintora a pesar de su juventud, contactó con grupos de artistas a quienes Hitler llamaba “Degenerados fusilables”. Enseguida ingresó a la Universidad a estudiar dos carreras a la vez: biología y filosofía, y siguió escribiendo y difundiendo de manera clandestina textos contra el poder brutal y alienante del nazismo. Su padre, entonces, cayó prisionero por hacer un comentario contra Hitler. A partir de ese momento, ella y toda su familia fueron considerados sospechosos.
Incansable, y con una osadía que no consultaba su seguridad, Sophia empezó a pintar en las paredes de la ciudad la consigna “Fuera, Hitler”, y empezó a repartir folletos a plena luz del día. Al final, en un acto suicida, se paró a la entrada de la Universidad y lanzó, como una lluvia, folletos a un grupo enorme de estudiantes. El gendarme, que era nazi, cerró la puerta y la apresó con su hermano y otros integrantes del movimiento Rosa Blanca. En minutos, la Gestapo los detuvo a todos y al día siguiente fueron condenados a muerte.
Antes de ser degollada, Sophia les gritó: “Muero tranquila. Sus cabezas también caerán”. Sophia tenía un espíritu valiente, y apenas había cumplido 21 años. El verdugo dijo que nunca antes había visto a nadie sin ningún miedo. Solo a ella.
Por eso mismo, también, cuando en ajedrez se muere, se resucita a la lucha más rabioso, más digno, más vociferante: para ver rodar otras cabezas.
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