Siempre en este 8M, hermanas

Siempre hemos estado bajo una lupa de exigencias que determinan nuestra relación con el cuerpo.
12 de marzo de 2021 00:00

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Siempre hemos puesto el cuerpo en las calles, el dolor en el alma y la voluntad para luchar por el irreductible nombre de todas las hermanas cuya vida arrebatada se convirtieron en cifra, en espanto, en impotencia, en tarea urgente. Siempre hemos sido conscientes que el horror puede calar de manera muy profunda cuando se trata de evidenciar las múltiples y sistemáticas formas de violentarnos.  Siempre y a lo largo de la historia hemos visto como  cada una de nuestras voces son implacablemente demonizadas, estigmatizadas y perseguidas, bajo el falaz argumento de las “formas”, por cuanto, nuestro irrefutable manifiesto vivo, deambulante y palpitante en cada espacio que transformamos en trinchera se mueve  precisamente por    el reconocimiento de nuestros derechos y de la existencia tangible de una maquinaria articulada de producción y reproducción de desigualdad, de violencia desmedida, que no admite segundos planos. Que está ahí, en las noticias sangrantes del día, en aquellos afectos que hemos dado por sentado y son los grandes protagonistas del terror.

Siempre hemos estado bajo una lupa de exigencias que determinan nuestra relación con el cuerpo, nuestra relación con nuestras pares, nuestra determinación de belleza, de familia, donde el “ser” esta estrictamente vinculado a una licencia de legitimidad impuesta por otros, por unos inmediatos otros, que deciden sobre nuestros cuerpos, sobre cuáles son las características especificas de belleza ideal, sobre como integralmente se construye una familia y sobre como ser una mujer “decente”, aquella que no deba ser atribuida ninguna mancha, ningún insulto puesto que su sentido y accionar se acomodan a esas expectativas cuya centralidad moral la hacen merecedora. No como una feminista, malagradecida, cuyas “formas” de activar los espacios son poco factibles y acusados de extremos.

Cuando extrema es la indiferencia por un país donde una mujer muere cada 72 horas, cuando extrema es la naturalización de la violencia sexual en Puerto Quito, cuando extrema es la impunidad en los casos de femicidios, cuando extrema es la maternidad de niñas ultrajadas sexualmente, cuando extrema es la violencia política ejercida contra mujeres, cuando extrema es la rotación de imágenes íntimas en búsqueda de explotación, chantaje.

Siempre estaremos, hoy somos las que llevamos las pancartas, las que nombramos a nuestras hermanas para desafiar a los números, a las cifras y establecer de manera fundamental que eran mujeres que tenían sueños, un proyecto de vida, que fue fracturado por una estructura machista y patriarcal. Mañana seguiremos siendo en otras, porque es imparable el deseo, el anhelo de igualdad, de accesibilidad a la justicia con perspectiva de género, de desmontar las estructuras. De aspirar a un mundo mejor.  (O) 

* Sarah Salazar Elbert

 

 

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