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Los sitios y las propuestas humorísticas aumentan en Guayaquil

- 14 de septiembre de 2016 - 00:00
Ilustración: Carlos Benavides / El Telégrafo

Los escenarios varían según el espectáculo. El bar Shumare ofrece shows semanales. Los actores presentan temporadas de funciones en los teatros Centro de Arte, Fedenador, Las Cámaras, El Altillo, Pop Up y más.

Cada viernes y sábado Tomás Delgado se disfraza de su álter ego, ‘La Vecina’, en su bar Shumare, en las calles Imbabura 229 y Panamá, en el centro de Guayaquil. Allí el humorista balzareño recibe un promedio de 300 espectadores durante ambos días, quienes cancelan $25. Según Delgado, si el mes es bueno puede ganar hasta $30.000, es decir $ 7.500 por semana.

Además de él actúan Fernando Villao, conocido por su personaje de ‘Blue Ray’, en la teleserie 3 familias, interpretando al ‘Sargento Piguavé’; Orlando Quiñónez, representando al compadre ‘Tulio’; y Gino Freire, quien además de ofrecer rutinas hilarantes también toca la guitarra. Ellos completan el elenco habitual en Shumare, que tiene un aforo de 150 personas, según Delgado, su propietario.

El intérprete de ‘La Vecina’ afirma que su oferta no es stand up comedy, sino un show de humor. “En Ecuador todavía no hay una cultura de stand up comedy.  Son pocos los que ofrecen este tipo de espectáculos. Lo que presentamos son shows cómicos y eso incluye vestuario y musicalización. Esos elementos dependen de cada exponente”, explica Delgado, quien durante la década del 90 popularizó a ‘La Vecina’, en Baradero (no confundir con Varadero, el balneario cubano), en Boyacá entre Clemente Ballén y Luque.

Delgado, quien tiene como referentes a los argentinos Alberto Olmedo y Enrique Pinti, además del chileno Coco Legrand, afirma que es capaz de presentar un show de stand up comedy como él mismo, sin recurrir a ‘La Vecina’.  “Puedo hacerlo porque mis personajes tienen mucho de mis vivencias”. Además de su negocio, el comediante balzareño tiene 6 presentaciones privadas al mes y sus ingresos dependen de quién lo contrate.

Los espectáculos que ofrece Shumare son sencillos y no demandan de mucha inversión semanal, mientras que los que se montan en teatro tienen propuestas más elaboradas.

Roflo Producciones es la empresa de los esposos Roberto Chávez y Flor María Palomeque, quienes ofrecen entre 8 y 16 funciones anuales del Moflólogo. Chávez afirma que cada temporada (anual) tiene una temática diferente y que dependiendo de eso calculan la inversión para la puesta en escena. El exactor de Vivos estima que su empresa invierte entre $ 60.000 y $ 100.000, aunque no revela sus ganancias porque “eso depende de cuántos asistan al show, la capacidad del teatro (no siempre es la misma), el costo de la entrada y la demanda de espectáculos humorísticos en otros recintos”.

Pedro Ortiz, guionista, humorista y columnista de este Diario, coincide con Chávez en que la escena cómica crece en Ecuador, especialmente en Guayaquil, y con protagonistas unitarios. Así también concuerda con Delgado en que “todavía no existe cultura de stand up comedy”.

Ortiz asegura que al mes se pautan más de 5 obras hilarantes en las carteleras de la ciudad, pero el público desconoce la diferencia entre los subgéneros stand up comedy, el show humorístico y el monólogo.

Tomás Delgado, Víctor Aráuz, Flor María Palomeque, Francisco Pinoargotti y Gino Freire son algunos de los humoristas locales. Ilustración: Patricio Mosquera/El Telégrafo

Víctor Aráuz, actor de la película Sin muertos no hay carnaval y la teleserie Los Hijos de Don Juan, explica que en el monólogo el histrión “nunca rompe la cuarta la pared” (es decir, no se dirige al público). Agrega que en stand up comedy el humorista ofrece una rutina de relatos hilarantes sobre temas cotidianos y coyunturales, mientras que el show cómico combina el teatro con la danza y la música, además de que su protagonista cuenta historias graciosas.

El actor Luis Mueckay, autor de personajes como ‘Norma Lixta’, explica: “la interpretación de un texto por una sola persona frente a una audiencia se conoce como monólogo. Y, aunque el público lo escuche, la convención teatral hace que se lo considere así. No tiene, generalmente, una contraparte en vivo que contesta, es decir no produce diálogo común sobre el escenario. En cambio, el stand up comedy trata de un punto de vista o situación que el actor desea exponer”.

“Sucede con Monólogos de la vagina, de Eve Ensler, o lo que hace (Jerry) Seinfield. Ese punto de vista usualmente es algo muy serio o terrible, solo que el humor y el intérprete lo hacen con sesgos cómicos como la ironía, el sarcasmo, la exageración por nombrar unos pocos”, refiere Mueckay.

El director del teatro Sarao y del laboratorio Humor Sapiens S.A., considera que la proliferación de espectáculos parecidos a un stand up comedy en Ecuador se debe a que “su difusión es más portable y, por lo tanto, puede haber mejores ganancias repartidas entre pocas personas.

Francisco Pinoargotti no se considera un humorista de stand comedy, sino un showman.“Yo invierto para mis shows y cuento con un equipo de trabajo, entre ellos un libretista y hasta un director musical, pero al final el concepto del espectáculo es mío. Soy yo quien creo los temas que quiero proyectar. Aunque hay libretos, yo meto mano en eso, lo mismo sucede con la música porque yo soy músico. Yo canto y toco la guitarra y otros instrumentos en mis shows”, dice.

Aráuz dice que “la  fortaleza de un stand up comedy es el material que se comunica. Quien recurre a ese género es como una banda de rock porque cada intérprete tiene su colchón de temas que tratan con cierto estilo que los distingue. En mi caso, suelo hablar sobre la muerte con humor”, explica Ortiz, quien considera que un buen libreto es clave para el comediante. “Es una guía para evitar extenderse en tiempo y evitar que el público se aburra. Un comediante debe tener la capacidad de improvisar cuando ve que los asistentes se aburren”, añade.

El mexicano Franco Escamila, quien visitó Guayaquil el mes pasado, coincide con Ortiz. “Uno puede pensar que el material es gracioso, pero quien tiene la última palabra de si algo funciona o no es el público. Si los asistentes no se rieron, no se rieron. El otro riesgo es ofender al público. Es casi imposible tener material que no resulte ofensivo para algún grupo o persona”, refiere Escamilla, quien presenta su show ‘Gira y ya’.

Aunque Francisco Pinoargotti, David Reinoso y Flor María Palomeque no ofrecen stand up comedy, sino shows humorísticos, elaboran rutinas según la circunstancia que se viva en el país, como las eliminatorias mundialistas o elecciones presidenciales. Se añaden los temas habituales de matrimonio, Día de la Madre, Padre y otras celebraciones.

Palomeque, con su personaje de ‘La Mofle’, está de temporada con su show ‘Moflólogo electoral’ en el teatro Fedenador. Aráuz sostiene que otras rutinas común tienen que ver con los cambios generacionales. “Es un recurso para decir las verdades, pero con humor, para que se asimilen mejor”, dice el actor riosense, quien divide a la escena teatral por etapas históricas. Según él, Guayaquil vive un resurgimiento o ‘nuevo aire’ del género humorístico, pero con características semejantes a un stand up comedy.

“Eso ayuda a los que hacemos humor; el 60 o 70% de la escena local somos comediantes. Incluso la mayoría empezó en el teatro callejero y desde ahí se inclinaron por la comedia”, afirma Aráuz.

Gino Freire es lo más parecido a un comediante en vivo (es decir stand up comedy) porque él no interpreta a ningún personaje. Es él mismo, toca la guitarra mientras cuenta lo que el llama ‘chistorias’, que él ha escrito para evitar que se pierda el hilo conductor de lo que habla en el escenario.

Freire, quien lidera el colectivo Chantón, cree que en Ecuador, especialmente en Guayaquil, se consume humor porque hay sitios con esas propuestas. Entre ellos cita a Fedenador, Teatro Centro de Arte, Teatro del Ángel, el Sánchez Aguilar o Las Cámaras. Ahora también realizan sus rutinas humorísticas en Damo, El Altillo (calles Esmeraldas y Av. 9 de Octubre), Pop Up Teatro Café (en Urdesa), o el patio de comidas del Policentro.

Además de Freire existen otros exponentes como Kevin Fernández, Andrés Vera, Daniela Anchundia, Tábata Gálvez, la rockera Nata Cassette y otros que formaron parte del proyecto Monologueros.

El fallecido artista ambateño Ernesto Albán fue uno de los precursores del género humorístico en la década del 40 con su personaje Don Evaristo Corral y Chancleta, quien interpretaba las Estampas Quiteñas ideadas por Alfonso García Muñoz, quien fue el pionero de este subgénero literario.

Según Ortiz, en Ecuador los comediantes son empíricos. “Ha aprendido en cursos de formación actoral, creación de guiones, dicción y otros”.

Aunque en otras regiones existen humoristas como la cuencana Moserrrath Astudillo o el quiteño Carlos Michelena ‘El Miche’, Freire reconoce que Pinoargotti abrió la puerta a la nueva generación de humoristas en Guayaquil con Monologueros. (I)

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Un poco de historia

La comedia de pie surgió del vodevil de Estados Unidos en el siglo

La diferencia entre monólogo y stand up comedy es que el primero es un recurso dramático presente en poesía, cuento, novela y teatro, donde el intérprete expresa sus ideas, pensamientos y emociones al público sin interactuar con ellos. En cambio el stand up comedy es un recurso contemporáneo.

Su origen data del siglo XIX con exponentes como Mark Twain, famoso por sus novelas Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Él, de quien se deriva el premio a los mejores comediantes estadounidenses, recurría a la sátira política. En EE.UU. se desarrolló en la década del 40 con exponentes que provenían del vodevile (teatro de variedades) y la radio como Jack Benny, Fred Allen y Bob Hope.

Sus rutinas eran más bien discusiones sobre temas cotidianos como la más reciente película o el olvido de un cumpleaños, mientras que entre los años 50 y 70 el humor fue más ácido. Lenny Bruce formó parte de esa era y se distinguía por un humor obsceno que le causó múltiples problemas con la justicia y vetos en bares donde actuaba. Su humor negro también tenía origen en su adicción a la heroína, a consecuencia de la cual murió en 1966. Con un estilo semejante en los 70 sobresalieron Richard Pryor y George Carlin, este último con su monólogo ‘Siete palabras que no se pueden decir en televisión’ (1972).

Posteriormente aparecieron Eddie Murphy, Billy Cristal, Jerry Seinfield, Chris Rock, Amy Poehler, Tina Fey, Melissa McCarthy y Amy Schumer; las dos últimas no sobrepasan los 30 años de edad. Con el éxito de la comedia en vivo de EE.UU., países como Argentina, México y Colombia abrieron espacio para sus propios talentos.

En el primero destacan el fallecido Tato Bores y Enrique Pinti. Entre los aztecas sobresalen Adal Ramones y Eugenio Derbez, mientras que en Colombia los humoristas más influyentes son Andrés López, con su show ‘Pelota de letras’, Antonio Sanint con ‘¿Quién pidió pollo?’ y José Ordóñez con ‘Ordóñese de la risa’. Alejandra Azcárate también destaca entre las colombianas con su performance feminista llamada ‘Descárate con la Azcárate’. (I)

Ilustración: Carlos Benavides / El Telégrafo

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