Ley seca restó deudos a entierro de Carnaval

17 de febrero de 2013 - 00:00

El número de acompañantes varió,  pero la “pena” fue la misma durante el Entierro del Carnaval realizado en Guamote (Chimborazo). La ley seca por los comicios electorales de  hoy, fue la razón para la disminución de “deudos” durante el tradicional rito de cierre de la fiesta que se realiza todos los años en ese cantón,  a una hora de Riobamba.

“En el entierro participan más personas, pero la ley seca se debía respetar, así como las elecciones y muchos paisanos prefirieron meditar su voto. Además, no es lo mismo un entierro en viernes que un sábado luego del último día de toros”, dijo Miguel Quito, uno de los coordinadores de la fiesta.

Pero a pesar  de la ausencia de muchos ilustres carnavaleros, se cumplió con la tradición de recorrer con un ataúd a cuestas las principales calles del cantón y terminar en la plaza de toros de la localidad. Es una jocosa representación del fin de la fiesta que conjuga la música típica del Carnaval con temas fúnebres y parodias.

Participan varios personajes. La Embajadora de este año fue la comerciante local Susana Lozano, quien estuvo acompañada por un Rey con Embajadores y Huashayos que llegaron desde el sector de Zig Zig en el austro ecuatoriano. “Nos gusta esta fiesta y es un honor participar en ella. Es el noveno año que venimos”, explicó Jorge Ruiz, quien lució la corona de Rey y  una bandera de shifón con alegorías vistosas de lentejuela.

Pero los aplausos, las condolencias y los consejos de resignación se los llevó la Viuda principal, caracterizada este año por  el Teniente Político  Juan Salazar, quien lució ropa negra, peluca, maquillaje y no se resignaba al entierro de su fiesta favorita.  “No quiero que se acabe, no quiero que se vaya”. “Por qué quieren que termine, no le dejen morir si ustedes también son fiesteros”, decía reclamando, en medio de gritos, lágrimas y pataleos que lo llevaban al suelo  ensuciando el estricto duelo  que lucía y mostraba pantimedias obscuras y unas botas vaqueras negras que desentonaban, pero hacían parte del espectáculo.

El paso del entierro era lento y lo presidía un patrullero.  Mientras, desde las casas por donde pasaba el cortejo, salían familiares para dar valor a la Viuda.  Otros se iban sumando y no faltaban quienes jugaban con agua, harina y “carioca”. “No te quejes que esto ya termina; más bien agradece que en este sol el agua se siente bien”, le decía un joven a su novia, quien se estremecía con la mojada.

Con solemnidad, los del cortejo llevaban flores, coronas, cruces y no faltaron los “comedidos” que sirvieron  licor asegurando que “en Guamote no hay ley seca”. En medio de la risa de los que escuchaban, se llegó a la Plaza de Toros y en el centro se cavó la tumba. Los sepultureros eran amigos de la Viuda.

El último y mayor lamento de la Viuda estremeció y produjo risa, pues cayó sobre la tumba e impedía la  colocación del féretro que contenía los residuos de la comida y el licor servidos en los días de la fiesta.  Sin embargo, era el momento de que el Carnaval terminara y la Embajadora con su Esposo colocaron la caja en el sitio; los lloros seguían mientras la tierra cubría el féretro.

Terminó el entierro, pero la fiesta recién empezaba en la casa de la Embajadora, ubicada en el Barrio San Juan, cerca del oratorio del milagroso San Carlitos. El menú incluyó caldo de gallina, arroz, papas y seco de carne y chicha en abundancia, que se preparó utilizando tres quintales de arroz, media res,  cincuenta gallinas y tres tanques de chicha de jora.  “Esto lo hago por amor a mi pueblo, para unir a mi gente y por la devoción a San Carlitos”, dijo Lozano. Su casa, de pronto, se convirtió en la casa de todos: hubo alegría, se cantó al Carnaval, se sirvió  comida y la Viuda - con menos pena - aseguraba: “Carnavales de ocho días solo en mi tierra”.

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