En 1930 empezó con este oficio artesanal que ahora goza de calidad y prestigio

Don Alcides Montesdeoca, el antiguo creador de imágenes de San Antonio

- 21 de mayo de 2016 - 00:00
De las prodigiosas manos de este escultor han surgido obras de arte religioso que adornan altares de muchas iglesias ecuatorianas y de otros países de América y Europa.
Foto: Juan Carlos Morales

Con paciencia, y de forma autodidacta, este artesano aprendió a elaborar esculturas, ahora es todo un experto y sus obras son reconocidas en el país y en el mundo.

Ibarra.-

Una llovizna insistente caía sobre los tejados y sobre el ángel de piedra del parque, que perdió un ala con el tiempo. La noche no parecía áspera hasta que unos gritos desde la calle despertaron al escultor Alcides Montesdeoca, en San Antonio de Ibarra, en la década de los tumultuosos sesenta, del siglo pasado. Entreabrió la ventana. Afuera, un hombre de sotana clamaba ser oído.

El artista pensó en un robo, pero ante la insistencia abrió la puerta. El párroco tenía un rostro desencajado y la lluvia en su cabellera alborotada lo tornaba más deprimente. A lo lejos, el sonido de las campanas parecía ir más allá de los callejones, incrustados en las faldas del monte Imbabura. Un relámpago se escuchó a la distancia…

—Los indios casi me matan a pedradas, alcanzó al balbucear el clérigo. Después, más tranquilo, relató que venía del sector de Cajabamba, en Chimborazo. En una malhadada procesión, el santo de palo, San Antonio, aquel que batalló contra las tentaciones, había sufrido un accidente consistente en un brazo averiado y el rostro casi irreconocible.

—Tiene que salvarlo, le dijo el cura, con una voz suplicante pero impositiva.

Ante la insistencia de la obra pía, el maestro no tuvo más remedio que embarcarse, con lo más elemental de sus herramientas, hacia la profundidad de la noche.
Cuando llegó a la Sierra Central, los indígenas le prodigaron con gallinas, huevos, manzanas, como si fuera la fiesta de la Entrada de Rama, para asombro de los seminaristas de Quilmer. Montesdeoca revisó el daño y, aunque no les dijo, comprobó que el santo estaba hecho de humilde palo de balsa.

Acostumbrado al tallado en finas maderas de nogal y cedro, supo que habían engañado a los indios como si se tratara de un relato más de esa denuncia que es el libro Huasipungo, de Jorge Icaza, donde aparece la tríada opresora: el patrón, el teniente político y taita cura. Cuando terminó la labor, el santo quedó mejor que antes, merced al policromado y una que otra madera fina. De pronto, un indígena de poncho rojo se hincó ante el maestro y le besó la mano, como símbolo de agradecimiento.

Después, entre todos, sacaron al imaginero en hombros, como si él mismo fuera otro santo milagrero, ante la mirada atenta del cura, quien pudo respirar tranquilo pensado, acaso, en las futuras misas. Esta es una de las historias que relata Montesdeoca, de sonrisa amable, mientras mira de reojo a una virgen de guedejas rojizas y de ojos tristes.

San Antonio debe sus tallados en madera a una tragedia. Tras el terremoto de Ibarra, de 1868, las imágenes religiosas de las iglesias también se destruyeron. Tras unos años, el discípulo de la Escuela Quiteña, Javier Miranda encontró al hábil y joven pastor Daniel Reyes y lo llevó a Quito para que aprendiera el oficio donde el maestro Domingo Carrillo. Fue esa generación, que incluye a los antepasados de Montesdeoca, quienes iniciaron el trato con el arte.

Las caras de sus santos y de sus vírgenes, a diferencia del canon colonial inspirado en rostros italianos, están basados en la gente común, que este artista observa con detenimiento.

Su imagen preferida es Nuestra Señora de Coromoto, en el pueblo venezolano de Guanare, que recuerda la “conversión” del cacique Coromoto quien, tras ser mordido por una serpiente y perseguido por la selva en el siglo XVI, pasó a llamarse Ángel Custodio, colaborando en el bautizo y opresión de los suyos. De las esculturas coloniales es indudable su aprecio por las obras de Caspicara, de los crucifijos excelsos, o Bernardo de Legarda, quien puso alas a la virgen.

Su obra está tan extendida en el país que podríamos hacer una cartografía de cada uno de los pueblos donde admiran su delicado oficio. En el exterior, tiene predilección por las andas de Semana Santa que hizo para la devota Popayán, llamada también Ciudad Blanca, como Arequipa, en Perú.

Cree que la religión es la conciencia de uno mismo y que no hay mejor momento para encontrar la soledad que frente al paisaje del Taita Imbabura. Nació en 1930, se casó con Margarita Villarruel y tiene 5 hijos, aunque lamenta la pérdida de Carlos. Debe ser por eso que aprecia La Piedad, la obra de Miguel Ángel Buonarroti, quien pintó la Capilla Sixtina con cuerpos desnudos, tapados después por un pudoroso papa.

Sus medallas y condecoraciones, como todo hombre sencillo, están regadas por su taller. Este artista incansable parece seguir los preceptos de los griegos que pensaron que la belleza era la justa medida entre la proporción y la armonía.

A veces, piensa en sus imágenes que también hacen milagros. Mientras devasta, con una gubia, la madera del rostro de un Jesús resucitado, una Virgen morena, de ojos inquietos, parece sonreír levemente. (I)

Su talento y habilidad han sido admirados por la calidad y naturalidad de sus esculturas realizadas en fina madera de cedro. Foto: Juan Carlos Morales

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