Actualmente, a los vecinos les preocupan problemas como el aumento de la inseguridad

San Carlos, el barrio del norte quiteño que está lleno de ‘minirrascacielos’

- 31 de mayo de 2015 - 00:00
La pintura multicolor de sus edificios multifamiliares es una de las características de la urbanización creada en pleno boom petrolero por el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social. Foto: John Guevara/ El Telégrafo

Actualmente, a los vecinos les preocupan problemas como el aumento de la inseguridad

Francisco Toapanta (76 años) se considera uno de los ‘fundadores’ de San Carlos, el barrio nacido durante la década de 1970 en lo que por entonces era el extremo noroccidental de la capital. “El primero y el mejor. Sé que ahora hay otras zonas con el mismo nombre por otras partes, pero este es el auténtico San Carlos”, asegura riendo el exfuncionario estatal.

En aquellos días, el sector se convirtió en uno de los ‘experimentos urbanísticos’ de una ciudad que crecía explosivamente a instancias de la continua llegada de migrantes desde distintas zonas del país; en especial del centro y norte andinos.

Con el paso del tiempo, el barrio no ha perdido su imagen característica de edificios multifamiliares pintados de diversos colores.

Las estructuras de 5 plantas son identificadas todavía con los nombres de provincias, ciudades y poblados ecuatorianos.

Sin embargo, la composición demográfica del sector sí ha variado, según lo confirma el propio Toapanta. “Ahora vivimos aquí muchos ‘viejitos’, que nos quedamos cuando los hijos se fueron a otras partes de la ciudad”, apunta risueño.

Pero no siempre fue así. Al principio, el barrio estaba poblado por familias compuestas por jóvenes profesionales en libre ejercicio, maestros, burócratas y más integrantes de la clase media que empezaba a formarse en Quito.

Estas personas compraban los departamentos en alguno de los edificios construidos por el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) y se mudaban a la zona; aunque algunos (dueños de otras propiedades) los rentaban. “Yo preferí comprar una casita”, dice Toapanta refiriéndose a las viviendas unifamiliares que fueron edificadas en el extremo nororiental de la urbanización.

El jubilado burócrata añade que a él y a su esposa Gloria (fallecida hace 10 años a causa de un cáncer) no les agradaba la idea de compartir su espacio con personas extrañas.

La idea inicial de la pareja era ahorrar y pagar la vivienda, adquirida a larguísimo plazo (20 años) y con muy bajos intereses y realizar una ampliación. “Eran buenos tiempos, el país vivía en pleno boom petrolero y había plata para gastar”, señala el anciano mientras atusa con una de sus manos su entrecano y ralo bigote.

Al final, el plan inicial no se cumplió, la prolongación hacia arriba de la casa nunca se concretó y permanece con su única planta e incluso con su techo de asbesto-cemento, material más conocido en el país por su nombre comercial: Eternit.

El caso no es único, aunque buena parte de los propietarios optaron por reunir dinero y volver a endeudarse para ampliar sus viviendas o incluso construir locales para negocios en la parte delantera.

Sergio Vaca (77), otro antiguo vecino de la ciudadela, cree que la proliferación de comercios de distintos tipos surgió con el nacimiento mismo del barrio debido a su aislamiento inicial. “Esto era como el fin del mundo”, recuerda el contador público federado (de los que podían firmar auditorías e informes contables).

El hombrecillo rememora que en un principio no existía la operadora de transporte que sirve a la zona y “había que llegar en los buses Marín-Cotocollao y subir desde la (av. de) La Prensa. Unos años después (todavía en los setenta), se creó la línea Marín-Quito Norte y entonces era más fácil porque solo había que subir unas pocas cuadras desde la (calle) Machala”.

Entonces, para quienes instalaron tiendas, micromercados y alguna que otra bodega el negocio fue bueno porque era casi una obligación comprar en ellos.

Vaca afirma que la cosa era aún más difícil para las pocas personas que vivían por encima de la, por entonces, llamada avenida Occidental (hoy Mariscal Sucre).

Concebida como una zona totalmente urbanizada, la falta de servicios básicos (con la excepción inicial del transporte público) nunca fue un problema para los moradores de San Carlos.

En el caso de la basura, por ejemplo, el área fue una de las primeras de la ciudad en ser integrada al programa de contenerización en 2012.

Igualmente, la cercanía del Hospital Pablo Arturo Suárez facilitaba la atención de salud, así como la creación del Hospital del Adulto Mayor en la propia urbanización.

Por otra parte, desde el principio la zona estuvo atendida por varias instituciones educativas como el Colegio Luciano Andrade Marín y las escuelas Diario El Comercio y Banco Nacional de la Vivienda.

Las carencias apuntaban, aún lo hacen, más bien hacia otro tipo de problemas como la inseguridad. Rosa Gándara pide excusas por lo que va a decir y afirma que los problemas empezaron “con la invasión de Atucucho (a mediados de la década de 1980). Esa gente empezó a bajar y hacer daño”, asegura.

No obstante, hay quienes no están de acuerdo con ello. Por ejemplo, Francisco Rosales considera que la delincuencia es un fenómeno que se agudizó con el crecimiento de la ciudad y que no ocurre solamente en ese lugar.

Rosales recuerda, a propósito de ello, el surgimiento de la pandilla juvenil Los Aretes, formada por adolescentes del mismo barrio durante los años 80, cuyos integrantes crearon zozobra.

Hoy, la urbanización cuenta con una Unidad de Policía Comunitaria (UPC), aunque los vecinos creen que se requieren más uniformados y vehículos para controlar el sector y atender las emergencias. (I)

DATOS

Las vías principales de la urbanización (Pedro de Alvarado, Machala, Carlos V, Flavio Alfaro y Cristóbal Vaca de Castro) son, al mismo tiempo, ejes comerciales.

La ciudadela cuenta con zonas de recreación. La principal es el llamado Parque Inglés, un espacio con canchas, caminerías y espacios verdes. A su lado, la piscina de la Concentración Deportiva de Pichincha.

San Carlos sirvió como eje para la aparición y desarrollo de barrios aledaños tales como La Pulida, El Porvenir, El Triunfo, Bellavista Alta, San José de Jarrín y el muy antiguo asentamiento de Santa Anita.

El cruce de la avenida Mariscal Sucre por la zona a la vez que genera el surgimiento de problemas como ruido, contaminación ambiental y congestión vehicular, también facilita la comunicación del área con otros puntos del norte y el sur capitalinos.

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