Ya no te pago el celular

- 16 de junio de 2019 - 00:00

Recordaba lo que me decía un destacado economista que fue gerente general del Banco Central del Ecuador (BCE): “Tengo que pagar bien a mis gerentes de área, porque de lo contrario aparece un banco privado, le ofrece un mejor salario y se lleva a una persona que nosotros la formamos durante varios años, con esfuerzo y recursos”.

Él tenía la idea –que quizás ahora resulte absurda- de capacitar y formar continuamente a los ejecutivos que se encargaban de analizar los indicadores de la economía del país y mantenerlos en sus cargos con una buena remuneración económica, pero también con mucha exigencia.

Creía que sus gerentes debían movilizarse -siempre- rápidamente en lugar de estar a la espera de un taxi o andar en bicicleta, comunicarse con él a cualquier hora del día, tener –al menos- un título de tercer nivel y la experiencia necesaria para ocupar un cargo y no solamente ser su amigo o conocido.

Pero eso pensaba él.

Hoy parece más importante ahorrar retirando los teléfonos celulares a los directores de un cabildo; que cada uno llegue como pueda a su sitio de trabajo o utilice la bicicleta; reducir el salario a la mitad o despedir a los guardias de seguridad.

Con eso se vende una imagen de ahorro -que se parece a poner menos sal en la comida- pero que la gente compra y apoya fácilmente, aunque al final no represente un ahorro significativo, sino más un golpe de efecto mediático.

Y quizás eso se deba a la mala fama de una burocracia calificada como lenta, pipona, abusiva y deshonesta. Todo esto ganado a pulso durante décadas de despilfarro.

Este gerente, que además pensaba que una buena remuneración era un buen incentivo para cuidar el trabajo y no caer en malas tentaciones, ahora forma parte de un organismo internacional del primer mundo.

Desde ahí seguramente verá con asombro cómo, en medio de las crisis tercermundistas que nos ahogan, miles de personas -con y sin formación- están dispuestas a trabajar por la mitad del sueldo, con o sin teléfono y a llegar como sea a donde le digan, porque no queda de otra. (O)

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