La comunidad de los perros

- 14 de octubre de 2018 - 00:00

Wes Anderson sorprende con su nueva película, La isla de los perros (2018), un firme alegato sobre la vida de los perros. Su argumento nos sitúa en un país distópico del futuro, posible alusión a Japón, en el que el gobierno de la ciudad, justificando una peligrosa enfermedad transmitida por los perros, los confina a una isla cercana donde se deposita la basura producida por la sociedad.

Y sorprende porque, más allá de ser una animación, y una colorida y rítmica historia (dada la potencia de la musicalización y el trabajo del sonido), nos cuestiona desde el principio. Sabemos que los seres humanos en un momento se sienten amenazados por la presencia e inteligencia de los perros y, además, en la medida que las ciudades se híper poblaron, los animales se han vuelto “objetos”. El gobierno de la ciudad, de este modo, pone a cuidar a un niño, un pariente lejano, a un perro, al cual no se le puede considerar mascota, sino un agente cuidador, un objeto del sistema.

La “objetualización” de los animales caseros lleva, de pronto, a que estos sean tratados como entidades maquínicas, como parte del mobiliariohogareño y urbano y, luego, como desechos, por lo cual son confinados a los basurales. Uno piensa inmediatamente en cómo la sociedad contemporánea trata a los animales, tanto como “cosas” expuestas en los anaqueles de las tiendas, cuanto como “objetos” a los que se los abandona e incluso se los trata con crueldad.

La importancia del filme radica en hacer conciencia sobre la vida y la comunidad de los perros, la convivencia con ellos, pero, sobre todo, el equilibrio que debe existir entre seres humanos y animales. Son los niños que, de pronto, hacen la advertencia sobre la situación en tanto son los que heredarán el mundo: Anderson, por ello, nos sitúa en el próximo mundo futuro en que el se pretende la construcción de robots animales y la sistemática eliminación de diversas especies toda vez que los robots requieren de menos atención, pese a que la depredación de la naturaleza pueda persistir.

Pero yendo más allá, el filme puede ampliarse en su sentido si pensamos que es además una denuncia sobre ciertas sociedades y políticos que se creen autosuficientes y que, con afán de frenar la presencia de los “otros”, tratan de reducirlos (si no de querer exterminarlos) a guetos, privados de toda libertad. En otras palabras, Anderson pone el dedo en la llaga en los neofascismos que emergen investidos de democracias. (I)

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