El reino de la política

- 12 de mayo de 2019 - 00:00

En el reino de la política todo parece perfecto: los pequeños reyes tienen lo que quieren, disfrutan placenteramente del poder que pueden ejercer, tienen los caminos abiertos para sus andanzas, pueden tomar decisiones a nombre de la supuesta felicidad de la ciudadanía, etc. Todo parece perfecto a menos que exista un resquicio por el que se filtre algo, alguien cometa una infidencia o haga notar los excesos a los que sirve y de los que se beneficia. La fábula del mundo perfecto que de pronto está corrompido es el tema de la película española, ganadora de algunos premios Goya del presente año, El reino (2018) de Rodrigo Sorogoyen.

Es una película que recuerda que el campo de la política no es el de los ideales, sino de las prácticas que llevan, a los que están en su interior, a estar en constante competencia y pugna. Precisamente por la naturaleza de dicho campo, los ideales se pervierten por las negociaciones que se deben hacer y que derivan en beneficio propio. El filme de Sorogoyen es una precisa disección del campo de la política; o, mejor dicho, es una radiografía del accionar de partidos y partidarios, de jefes de partidos y subordinados y de quienes sirven a los falsos ideales tejiendo y destejiendo finas redes con los que pretenden asegurar su porvenir.

De alguna forma el poder mismo corrompe. Y ese es el meollo de El reino que exhibe cómo son las redes del poder, su operación en los entresijos de la vida cotidiana, además, cómo todo político, sea cual fuere, estará siempre expuesto a la opinión pública y la propia sociedad.

En el filme hay varias preguntas que se plantean: ¿Por qué un individuo entra en política? ¿Si este es consciente de la corrupción? O ¿si un actor se haría responsable de sus actos cuando este es descubierto? Frente a tales cuestiones El reino pone de manifiesto los problemas que tales preguntas encierran. En este contexto, pronto notamos de que el político no obra por convicciones y valores, sino por intereses; percibimos que el terreno de la política es cenagoso, donde quien quiera estar allá, debe vender el alma. Y lo más interesante de todo, es que la película, que alude a la investigación de los medios de comunicación, poniéndolos como observadores y cuestionadores, nos hace dar cuenta que, ante todo, un político, aunque quiera justificar lo que sea, este tiene que enfrentar la gran pregunta por sus principios éticos. (O)

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