Pedagogía de la oposición

- 11 de junio de 2018 - 00:00

No hay momento histórico, por más totalitario que este haya sido, que entre sus fisuras no se haya deslizado el néctar de la libertad, expresado en el rechazo a la reproducción automática de las reglas, la desobediencia a la autoridad, la transgresión al paradigma y las ganas de transformación. Así nace la pedagogía de la oposición, una pedagogía necesaria para enfrentar no solo las aberraciones de la democracia representativa (como la restricción de derechos), sino la perversa estructura cultural de la homogeneización global del capital. La pedagogía de la oposición tiene como fundamento tributar a la construcción de sociedades donde se respete la vida y donde se alienten permanentemente mejoras cualitativas tanto para la estructura social teniendo como horizonte la justicia, como para la vida individual de cara a la máxima aspiración terrenal posible: la felicidad. Y desde luego, la pedagogía de la oposición partirá criticando a la pedagogía oficial, que es una pedagogía de la conformidad pues tiene como fin solo el perfeccionamiento de la funcionalización. En esta última no se forman seres humanos sino funcionarios, no se forman ciudadanos -en cuanto sujetos del cambio social- sino votantes, no se forman educadores sino reproductores y voceros. Las personas formadas bajo esta pedagogía deben asumir la paradoja de ser competidores competentes dentro de la más profunda conformidad. Al contrario, la pedagogía de la oposición es una pedagogía disconforme con la organización de la realidad y sus resultados son disfuncionales en cuanto están orientados a la negación de lo establecido. De ahí que sus criterios de éxito no estén centrados en la acumulación de riqueza, ni en la extracción de la plusvalía, sino en la creación de nuevas condiciones para la organización social, por ello es normalmente vista como una educación política y lo es. (O)

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