Pasar de las declaraciones a los compromisos

- 20 de junio de 2015 - 00:00

Coincidió el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez con la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, en la que se sometió a votación de todos los gobiernos del continente el Proyecto de resolución “Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores”. Esta ocasión sirvió para evidenciar la voluntad política de los gobiernos de América Latina y el Caribe de comprometerse, en la práctica, con la promoción y protección de los derechos humanos de los adultos mayores, votando favorablemente la aprobación de este proyecto de Convención.

La demanda por el establecimiento de un instrumento jurídicamente vinculante que proteja los derechos humanos en la vejez –no por ser diferentes, sino porque se hayan insuficientemente protegidos y muy frecuentemente irrespetados- surge de la cada vez mayor conciencia por parte de la sociedad en general y de las personas adultas mayores en particular, del derecho, coherente con la dignidad humana en todas las épocas de la vida, a ejercer plenamente sus derechos, teniendo en cuenta, tanto a las personas viejas del presente, como a las del futuro.

Se trató de una doble coincidencia, aunada a la necesidad de una doble reflexión que a todos nos implica: buscar la protección de los Derechos Humanos a lo largo de toda la vida y particularmente en la vejez, cuando suelen ser más vulnerados; al tiempo que abogar por el compromiso de dejar atrás toda forma de violencia contra las personas que viven hoy la vejez y las que la vivirán en el futuro. En ello estamos todos involucrados, porque cada vez es más probable llegar a vivir la vejez.

Dejar atrás toda forma de violencia contra las personas que viven y vivirán la vejez significa darnos cuenta de que violencia no solamente implica maltrato directo, o violencia visible, sino también violencias menos evidentes o ‘invisibles’, como la violencia cultural, en actitudes, creencias e imaginarios estereotipados, prejuiciados y orientados a la discriminación de las personas por ser viejas. Asimismo y sobre todo, se trata de evidenciar violencias de tipo estructural, las cuales implican, por ejemplo, el predominio de medidas asistencialistas que perpetúan la dependencia y convierten a las personas en ‘objetos de beneficencia’, desconociéndolas como sujetos de derechos.

Esa toma de conciencia se acrecienta en la medida en que las generaciones viejas van cambiando, dándose cuenta cada vez más que tienen derechos inalienables; rechazando que se les considere incapaces, dependientes, ‘carga’ para la sociedad, y objetos de magros programas sociales de corte asistencialista y paternalista.

Así, con cada nueva generación de personas viejas, incluyendo la presente, y en coherencia con el cambio permanente de tiempos, costumbres y contextos, habrá menor espacio para la vulneración de los derechos y de la dignidad humana. Esta realidad representada en una mayor conciencia de ser sujetos permanentes de derechos, de rechazo a toda forma visible e invisible de violencia, será aún más potente en las generaciones del futuro.

En coherencia con ello y con la necesidad de seguir trabajando conjuntamente en tal dirección, es fundamental prestar atención, buscar incidencia y mantener vigilancia sobre la forma en que votarán nuestros países latinoamericanos y caribeños. (O)

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