Ha muerto Johan Cruyff

- 24 de marzo de 2016 - 22:12

A lo sonoro llega la muerte como un zapato sin pie, como un traje sin hombre, escribía Pablo Neruda en un tributo a la muerte.

Un zapato sin pie, así ha sufrido el deporte mundial la noticia de la muerte de Johan Cruyff, el mejor futbolista nacido en Europa en cualquier época. Me ha dolido hasta estremecer mi adolescencia. Me ha vuelto a doler el cáncer. Me ha dolido el tabaco. Me ha dolido la memoria.

Líder de la ‘Naranja Mecánica’, que no tenía nada que ver con la de Kubrick, fue el más talentoso jugador europeo desde el retiro del húngaro Ferenc Puskas. En el Ajax de Ámsterdam lo conocí a través de las páginas de L’Equipe, que un amigo de mi hermana me obsequiaba, y entonces me enteraba de las maravillas de ese fútbol lejano, sin internet ni televisión, en el que sobresalían Beckenbauer, Keita, Breittner, Skoblar, el brasileño Amarildo y los argentinos Onnis, Bianchi y Marcos.

Después fue a Barcelona y allí, junto a su compatriota Neeskens y al ‘Cholo’ Sotil, peruano, enrumbaron a un Barça feliz, campeón, creativo. Cuando la televisión nos lo mostró  era inconcebible verlo: en medio tiempo, en lugar del duchazo se lo observaba fumando cuatro cigarrillos en los quince minutos de descanso. Quizá ahora, en el firmamento verdoso de los héroes de la cancha se lo pueda mirar junto a otros grandes, y pasarse el pitillo con José Manuel Moreno, que le enseñaría  a cantar a Yupanqui:

”Pobrecito mi cigarro, un día te han de culpar, cuando al corazón cansado se le duerma su compás”.

No se va la vida tan callando, porque quedan en la memoria y en algún registro de las ondas sonoras de la Tierra el estremecimiento del Nou Camp o de los campos holandeses. Recuerdo cuando despedazó a la Argentina, con ese sombrerito a Carnevali en el Mundial del 74. O la chalaca, así se decía en la antigüedad, a ese tijeretazo en el mismo Mundial. Flaco, desgarbado, fumón, irreverente. Por irreverencia o responsabilidad no comandó a Holanda en el Mundial de Argentina 78. No quiso jugar, pese a que había encadenado tres Balones de Europa y había sido consagrado como el mejor jugador del planeta. Y quizá fue bueno y malo que no jugara. Malo porque con él Argentina no habría podido ser campeón y nuestro continente no habría festejado, y bueno porque así la dictadura argentina no habría ocultado, con el pretexto de la victoria, a los 30.000 desaparecidos, consecuencia del fascismo y la crueldad.

Un vuelo de pájaros oscuros, como tulipanes negros, dan la vuelta al cortejo. Quedan atrás los malabares, las fintas, el sudor, la tos, la volea. De aquí en adelante la leyenda, y quizá el sueño de los chicos que quisieran alcanzarlo, aunque la pelota se convierta en un banderín anaranjado con una cruz de luto bamboleándose en las aspas de los molinos holandeses. (O)

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