Fortalecer una vejez digna que integre a todos

- 05 de julio de 2014 - 00:00

La construcción social de la discriminación por edad es un fenómeno de larga data que se instala de manera subrepticia en nuestras propias estructuras cognitivas por lo que objetivar sus  manifestaciones, cada vez y en cada momento, resulte una tarea ardua y compleja que no siempre estamos en condiciones de asumir con la lucidez que se desea y requiere.

Pero aquello no nos debiera eximir de proveernos de señales que nos permitan dilucidar cuál es el estado de  situación en que nos encontramos para hacer frente a la multiplicidad de formas y expresiones que asume la discriminación a las personas mayores por razón de su edad.

La discriminación por edad se expresa en la imagen negativa que prima en nuestras sociedades respecto de la vejez y es el lenguaje, un ámbito crucial en el que se libra la batalla por restituir la vejez al campo del dominio de nuestra existencia como personas.

Afanados como estamos en atrapar palabras y conceptos que reproducen representaciones negativas de la vejez, comenzamos a hablar en “positivo”, en términos que cargan la balanza hacia el otro extremo: A las imágenes de “pasividad” oponemos la imagen de “actividad”; a la imagen de “inutilidad” oponemos la de “productividad” y así pareciera que se van disolviendo como asunto del pasado las bases sobre las cuales se asentó la exclusión y despojamiento de derechos intrínsecos que asisten a las  personas adultas mayores.

Y aquel proceso de construcción e instalación de una imagen de la vejez en términos “positivos” encierra también el riesgo de abrir un nuevo campo de discriminación en la medida que la arquitectura de la vejez no se puede escindir del contexto histórico social inmediato y de las  biografías personales.

En este sentido, en el amplio espectro que conforma la gerontología existen los conceptos que permiten ver al adulto mayor con sus potenciales pero existen también otros que consideran a la vejez como una carga.

Asumir aquello como las condiciones concretas a las cuales nos enfrentamos puede ayudar a arribar a un enfoque en el que los conceptos, las palabras, denoten el estado de los procesos de recuperación de la vejez expropiada de nuestra existencia social. Y en esa búsqueda tal vez debiéramos preguntarnos si persistir en enfatizar la noción de “envejecimiento activo” sea adecuado a las condiciones actuales; o si lo adecuado sería apostar sencillamente por denotar una vejez digna que no discrimine a nadie, que se haga cargo de la diversidad y que a la vez refunda en un concepto de derecho humano a la totalidad de nuestra existencia.

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