El profesor de Derecho Penal, un mal recuerdo

- 14 de junio de 2018 - 00:00

La semana pasada la Universidad Central del Ecuador con la aplicación de su novísimo protocolo de atención a casos de violencia de género y la destitución del docente de la Facultad de Artes denunciado por acoso mostró su compromiso con la comunidad y las mujeres para desterrar estas prácticas. Fue un cambio para la universidad ecuatoriana, pues antes la sola denuncia significaba vergüenza, señalamiento o miedo.  Al conocer la noticia, recordé mis clases de Derecho Penal y al profesor de traje azul, talla mediana, con diploma de postgrado obtenido en Europa, quien mientras se refería al estupro ponía sus manos en los hombros de las estudiantes moviéndolas suavemente, o se colocaba de pie frente a ellas mirando sus senos con intensidad, o las abordaba fuera de clases para dialogar, actitudes que no corresponden a un docente universitario y menos a quien intenta formar gente para la justicia y el derecho. 

El referido profesor un día intentó tocarme y no se lo permití; me levanté de mi asiento nerviosa, pero firme, y su respuesta fue sacarme a gritos de clase. Frente al hecho, nadie, ni chicos ni chicas, levantaron su voz. Los acosadores, como mi profesor de Derecho Penal, se alimentan del miedo; el silencio de los demás es su cómplice, están ansiosos de control, utilizan la humillación para someter a las víctimas pudiendo hacerles daño. El acoso tiene que ver con el ejercicio del poder. En este caso, en las aulas, el poder que les da valorar a sus estudiantes, usado para tocar, abusar, aprovecharse o pedir favores sexuales. El acoso se fundamenta en la idea machista de que nuestro cuerpo está disponible para quien lo desea sin contar con nuestra voluntad. En este caso la fortaleza de la universidad Central como institución fue fundamental, así como la decisión de quienes conforman el Consejo Universitario; igual de importante fue la organización de estudiantes y la sororidad para respaldar los testimonios y generar fortalezas desde el tejido social, desde las redes, desde las universidades y desde cada espacio de acción,  pues es la única forma de acabar con las ideas cavernarias vigentes en quienes paradójicamente tienen la tarea de educar pero adolecen de ética y respeto por los demás.  Si ese protocolo se hubiese aprobado hace 10 años, seguramente mi profesor habría sido destituido y no hubiese llegado a dirigir una de las instituciones más importantes del país. (O)

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