El burrito sabanero

- 23 de diciembre de 2018 - 00:00

Al final no entienden todavía cómo cayeron en los nacimientos del mundo. Claro que saben, por los viejos textos, que ese niño nació y que sus padres le recostaron en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. Al comienzo habían pensado que aquellos que revoloteaban por allí eran moscas y que debían espantarles con su cola. Después sospecharon que, por el ruido que hacían y por sus cantos extraños, eran más bien ángeles, que anunciaban algo extraordinario. Cuando estos seres despertaron a los pastores, se imaginaron que les iban a hacer trabajar tan de madrugada.

Los hombres buscaron descifrar el sentido de este acontecimiento y ellos, burrito y buey, se han quedado para siempre asombrados, medio espantados y con los ojos siempre abiertos.

Al contrario de los ángeles, que siempre tuvieron mucho prestigio, ellos se quedaron, como todos los marginados del mundo, oscilando al borde del misterio, que a ellos también les fue revelado, porque hacían parte de esta nueva creación del mundo que se anunciaba de manera tan extraña. No fueron muy importantes: ni ángeles, ni actores sociales, ni hijos de Abraham, ni ciudadanos romanos.

Cuando miraban hacia adentro, veían a un niño en un pesebre y cuando miraban hacia afuera, podrían escudriñar los corazones de los hombres que se acercaban y que se acercarían en el futuro: pastores, reyes magos, niños, prostitutas, paralíticos, centuriones, ciegos, vendedores de lotería y pescadores. Se volvieron pacientes como su Dios, porque a ellos, desde cuando se le ocurrió representarlos a ese hombrecillo de Asís, les fabricaron con todos los materiales imaginables: arcilla, cartón, metal, plástico y hasta chocolate. Los colocaron en todos los sitios posibles  y cuando les ponían muy alto, como en las torres de las iglesias, tenían dificultades por falta de yerba. Claro que estos extraños seres humanos los representaron con un poco más de realismo que a esos angelitos regordetes y asexuados y hasta a él mismo  le cantaban “burrito sabanero”. Comprendieron, entonces, que su destino no era otra cosa, que estar cerca. A veces, también, les mezclaban en los centros comerciales, con un viejo barbado vestido de rojo, que venía de otros relatos, llevado por unos animales, con enormes cuernos.

En la televisión aparecieron, un día, junto a unas jóvenes muy bonitas y muy ajustadas, y creyeron que la avena que vendían iba a ser también para ellos. Poco les importaba, porque ellos siempre se acostumbraron a vivir, cuando los ojos de las gentes les miraban, y allí se aburrían menos que en un monasterio de monjitas viejas y feas.

A veces conversaban entre ellos y se preguntaban cómo estos hombres que eran capaces de matar, de torturar, de oprimir, de acumular cosas y riquezas, les miraban con tanto cariño y cómo al construir sus nacimientos, se esforzaban,    en representar a su Dios, como un niño tan pobre y desvalido. (O)

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