Ciegos, pero no ante las desigualdades

- 28 de octubre de 2018 - 00:00

Bajo el lema “no queremos su lástima” en 1992, diversas organizaciones de personas con discapacidades exigieron que se dejara de transmitir una teletón, pues estaban usando su imagen y dignidad, al mostrarles como víctimas patéticas de una tragedia personal. En 1995 estas organizaciones lograron abolir una ley que permitía la discriminación para personas con discapacidad en los espacios de trabajo y en el transporte público. La lucha no solo era material; también buscaba cambiar el estereotipo de las personas con discapacidades, como seres dependientes que deben ser asistidos por la caridad.

Mientras tanto, en Ecuador, solamente hace una década, las discapacidades empiezan a estudiarse.

Las primeras estadísticas revelaron que, además de invisibles, las personas con discapacidades son discriminadas.

Existe un paralelismo entre las condiciones de exclusión de las personas con discapacidad en la Inglaterra de los años noventa, y la situación actual en el país. Los legisladores ingleses no veían los obstáculos que la sociedad impone sobre las personas diferentes como un acto de discriminación. A los manifestantes apresados durante las protestas, sin embargo, no los pudieron trasladar a la cárcel porque no habían automotores adaptados para transportarlos.

Las personas con discapacidades en Ecuador son excluidas de su participación en la vida de la comunidad. Viven en ciudades sin infraestructura adecuada, que impiden formas alternativas de movilidad, con un sistema de transporte colectivo que jamás ha posibilitado el ingreso de usuarios de sillas de ruedas, y donde la arquitectura pareciera estar hecha para que todos los espacios públicos sean inaccesibles.

En el mundo, las personas con discapacidades luchan por ganar accesibilidad e independencia en todos los ámbitos de la vida. La lucha es para que las personas con discapacidad sean reconocidas como seres humanos dignos, fuertes y orgullosos de lo que son. En el Ecuador, se debería empezar por admitir que las discapacidades son impuestas por una sociedad que construye obstáculos físicos y muros simbólicos ante las diferencias. (O)

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