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No hemos leído a Hassaurek (Primera parte)

19 de diciembre de 2020 00:00

A inicios de los noventa del siglo pasado, la editorial Abya Yala publicó un libro titulado Cuatro años entre los ecuatorianos. Para Ecuador debía ser un clásico, pero como en estos lares apenas se lee medio libro por persona y por año, esta crónica del diplomático estadounidense Friedrich Hassaurek quedó apenas para una conversación de café, un ligero comentario en los pasillos universitarios, o una lectura incómoda para los oficiales del curso de Estado Mayor en la materia de sociología militar. Sea lo que sea, el contenido de este libro resulta ser una descripción cruda y despiadada sobre la cultura nacional y que fue captada por el embajador americano en tiempos del primer gobierno de García Moreno, 1861 – 1865. Sus ganas de conocer y su espíritu viajero, le permitió llegar hasta el alma de los ecuatorianos, pasando –obviamente- por la observación de los defectos colectivos. Eso sí, el autor explica  que “nada he escrito por malicia”.     

De los 16 capítulos, los cinco primeros están dedicados al viaje de Guayaquil a Quito, haciendo mención a poblados intermedios como Babahoyo, Guaranda, Mocha, Machachi y Tambillo. Empieza por Guayaquil diciendo que “el Malecón y unas pocas calles se hallan en un estado de limpieza tolerable, pero la parte periférica de la ciudad y los callejones son increíblemente sucios…” “En los suburbios, las casas de los pobres son tan miserables como las viviendas primitivas que encontramos en la selva tropical”, dando el rasgo principal de estas imágenes a la hamaca como el “mueble principal”. En el relato, se despide del Puerto con esta frase: “La grandiosa generosidad de la naturaleza ha hecho a las clases pobres indolentes, ociosas e impróvidas”.

Ya en el ascenso a la cordillera, con su equipaje a lomo de mula, admira la cosa más bella del planeta: el paisaje andino, engalanado por los nevados e interrumpido el cielo por un gran número de cóndores. Y en una planicie serraniega, “millones de mariposas blancas se arremolinan alrededor de uno mientras se cabalga”. De la hermosura del paisaje, los ojos del diplomático extranjero vuelven a la descriptiva humana para decir que aquellos pueblos “viven su vida en una cándida ignorancia del mundo exterior… La gente pasa el día mirando al vacío o chismorreando. Solo una pelea de gallos o un buen caballo pueden despertar de su apatía; no parecen tener más propósito en la vida que calentarse con sus pesados ponchos y comer cuando tienen hambre”. “…Su mayor placer es el aguardiente”.

Aquí un relato conocido. En Machachi se había acercado el cura del pueblo, y al ver que el caballo del diplomático ya estaba bajo mínimas, el soldado de Dios –con toda la cortesía- le ofreció su caballo. De tanto esperar lo ofrecido, Hassaurek decidió alquilar otro caballo y continuar el viaje. Horas más tarde le encontró al cura en Tambillo, dando vueltas en su caballo. O sea, el cura no cumplió con su palabra. Con esta experiencia, una de las líneas del libro sentencia que “esta costumbre de hacer grandes promesas que nunca van a ser cumplidas, es propia de los serranos del Ecuador”.

Ya en la capital, su descripción va más a lo social: “los sirvientes son baratos, ociosos y de poca confianza”. “La cocinera lleva a su familia consigo, permitiendo que sus niños sucios merodeen por la cocina… Con frecuencia se encuentran cabellos en la comida, sin referirme a una que otra pulga que ha saltado a la sopa”. Y lo más incómodo: las pulgas. “Cuando un cuarto ha permanecido cerrado por algún tiempo, se suele traer a una oveja, de modo que todas las pulgas se vayan con el animal”.

 Hasta aquí: un bello paisaje, suciedad, el borrego que limpia las pulgas, apatía, miseria, vagancia, vocación por el aguardiente y un cura mentiroso…

 

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