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Ecuador/Sáb.8/May/2021

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Generar el odio en las redes

Hater aborda algunas cuestiones cardinales hoy en día cuando se reflexiona sobre el uso de las redes.
14 de marzo de 2021 00:00

La película polaca Hater (2020) de Jan Komasa –disponible en Netflix– demuestra cómo las redes sociales de internet pueden ser utilizadas no con fines de socialización, sino para suscitar el odio de la mano de gente inescrupulosa y, más aún, por empresas de marketing o publicitarias en el marco de campañas para dañar la imagen de diversas personas. 

Hater es un título emblemático que puede traducirse como “odiador”. Se centra en un joven que aprovecha las oportunidades que se le presentan cuando pone el ojo en el mercado publicitario, o conoce los trucos del manejo de las redes sociales, además de intuir las debilidades psicológicas de muchos de sus allegados para conducirles a tomar decisiones distintas y contradictorias. Komasa representa con su personaje Tomasz a los centennials, jóvenes de última generación, nativos digitales, autónomos, emprendedores, pero a la vez, radicales insatisfechos sin que necesariamente postulen o tengan alguna ideología.

Es así como en la película, Tomasz es alguien que puede plagiar o copiar ideas en sus tareas académicas –por lo que es expulsado de la universidad– sin tener preocupación alguna; es capaz de mentir a los tutores que le mantienen económicamente; es un individuo que puede mimetizarse dada su inteligencia y sagacidad en el entorno de otras personas para caerles bien y beneficiarse; es un brutal destructor de carreras profesionales o de oficios de ciertos rivales. En otras palabras, el perfil que representa Komasa es el de las nuevas generaciones que podrían ser el futuro de las sociedades y que ahora dominan las redes sociales. Sin duda su película es harto crítica e inquietante. 

Hater aborda algunas cuestiones cardinales hoy en día cuando se reflexiona acerca del uso y del potencial de internet y de las redes sociales. Es el caso de empresas de marketing o publicitarias que entre sus servicios están ofrecer campañas de desprestigio contra políticos o personalidades; la articulación de redes de trolls con cuentas falsas con la finalidad de marcar “tendencias”; y, sobre todo, la ideación de noticias falsas –fake news– que son masificadas en las redes apelando el accionar de acríticos reproductores, o haciendo creer que un asunto que puede ser nimio tiene proporciones apocalípticas. 

Hater nos hace pensar acerca de hasta qué punto podemos ser manipulados por mensajes o posts o por fotografías sacadas de su contexto, e incluso por montajes bien articulados gracias a las herramientas digitales. Si antes, parte de la opinión pública estaba supeditada a la maniobra ideológica de los medios de comunicación social, hoy –y lo prueba la película–, al no existir una real opinión pública, la manipulación es más efectiva al atacar o pinchar los sentimientos de las personas, sentimientos que, por otro lado, pueden ser incluso los más primitivos. En este marco, notamos que Tomasz agobia a un activista acrítico hasta llevarlo a que cometa un crimen sin que medie nada más que el odio. 

El trabajo de quienes manipulan o han hecho de su oficio el “trollismo” y que ahora pasa por ser bien pagado –al que muchos jóvenes parecen apostarle provocando que se monten carreras profesionales en este contexto– debe hacernos concienciar por los efectos éticos y morales, pero además por el destino a donde van nuestras sociedades bajo su presencia: destino en el que imperaría la irresponsabilidad, el menosprecio hacia los valores sociales, además de formaciones sociales sin compromiso para el cambio sino tan solo para la destrucción sin que existan propuestas nuevas. Así, Hater es un ejemplo de un cine que pone las preguntas esenciales ante la perspectiva de esa nueva realidad. (I)