El Telégrafo
El Telégrafo
Ecuador/Vie.7/May/2021

Política

Tendencias
Historias relacionadas

El Ejército ecuatoriano

27 de febrero de 2021 00:00

En tiempos de la colonia, la Real Audiencia de Quito debía afrontar tres amenazas a la seguridad interna: los levantamientos indígenas en la región Andina, la presencia de los piratas en el perfil costanero y la expansión territorial de los portugueses en el Oriente. Para dar frente a estas amenazas, el Gobierno y el gamonalismo local organizaron las milicias, unidades militares de reserva que eran entrenadas los días domingos en la plaza central, ya sea en las tácticas básicas o en la instrucción de desfile; así, recibían su salario únicamente cuando entraban en campaña.

Nuestro Ejército regular, el de oficio, tiene su partida de nacimiento en 1755, cuando Juan Pío Montufar y Frasso, presidente de la Audiencia, organizó la Compañía de Guardia del Presidente, un pequeño brazo armado compuesto por 30 hombres: un capitán, un teniente, dos sargentos, dos cabos, 25 soldados y un tambor. De acuerdo con el reglamento de la época, eran todos “hombres blancos, de mayor estatura y costumbres”, con un salario mensual de 60 pesos para el capitán, 40 pesos para el teniente, 17 pesos para los sargentos, 12 pesos para los cabos y 10 pesos para los soldados y el tambor (Archivo de Indias, Sevilla-España).

Con el paso del tiempo el número de soldados fue creciendo, a tal punto que la revista de comisario de 1780 registraba la conformación de tres compañías con el nombre de Cuerpo Veterano de Infantería de la Provincia de Quito, con un cuadro de 11 oficiales, 11 cadetes y 293 miembros de tropa. De las tres compañías, dos permanecían en Quito y una fue desplazada a Guayaquil; de modo que, para el 10 de Agosto de 1809, las dos compañías apoyaron el Primer Grito de Independencia, al mando del capitán Salinas quien, días después, organizó la Falange Quiteña, con el grado de coronel, al mando de dos batallones compuestos por 11 compañías. Esta Falange tuvo apenas 78 días de operación, en vista de que llegaron 752 soldados provenientes de Lima, Popayán, Santa Fe y Guayaquil, con la misión de aplacar la revolución quiteña, asunto que terminó con la masacre del 2 de agosto de 1810.

En tiempos de la independencia y la Gran Colombia, la organización del Ejército fue intermitente y con mandos extranjeros, excepto la División Protectora de Quito, brazo armado guayaquileño organizado luego del triunfo del 9 de Octubre.

A partir del nacimiento del Estado ecuatoriano, 1830, el Ejército fue parte del Ministerio de Guerra y Marina. Conformaban el pie de fuerza las comandancias de Quito, Guayaquil y Cuenca. Sin embargo, en las tres primeras décadas aún sonaban apellidos extranjeros en la cúpula militar: illingwort, Otamendi, Ayarza, Wright, Salom, Klinger, y el mismo Flores. Además, el Ejército pasó a ser el protagonista de las revueltas y del orden público. Todo esto cambió con la Revolución Marcista de 1845 y con la mano dura de García Moreno, 1861-1875.

Con la presencia de la Misión Militar Chilena, en 1900, Alfaro logró profesionalizar el Ejército, incluso introdujo a la clase media en las filas de la oficialidad. Caso similar fue con la presencia de la Misión Militar Italiana en 1922, lo que pesó mucho en el entrenamiento militar y la distribución geográfica. Empero, en las décadas posteriores, el factor político también definía el destino de la Institución: a veces en apoyo y a veces en olvido, como fue en el desastroso año de 1941, lo que sirvió para que los gobiernos posteriores tengan prioridad en el entrenamiento, la adquisición de armamento y todo lo que se requería para actuar con eficacia en Paquisha y triunfar en el Alto Cenepa. Lo que vino después del 26 de octubre de 1998 fue un cambio radical en las misiones y en los escenarios. A partir de esa fecha, los ojos del Ejército apuntaron a la frontera norte. Luego vendrían otras guerras, incluso una contra la covid-19, con un saldo actual de 21 muertos y 3.600 contagiados.

Hoy, 27 de febrero, día del Ejército ecuatoriano, saludamos con estas líneas de la memoria. Larga vida a la Institución más antigua del Estado. (O)