El Diario Público revela sus secretos

- 25 de febrero de 2018 - 00:00

Se trata de un ejercicio de transparencia editorial. De una autocrítica sana. De un acto de honestidad que nace desde la sala de redacción y que no espera que lo hagan sus lectores o los organismos encargados de supervisar la calidad de los contenidos.

Redactores, reporteros, investigadores, correctores, editores, diseñadores, fotógrafos, jefes de redacción y directores, a partir de una reflexión colectiva, deciden crear y participar, sin eufemismos, en esta nueva sección dominical que, sobre la base de la construcción de una metáfora, lleva un nombre simbólico: “Puertas adentro”.

Porque, en realidad, es eso: el trabajo de producción y publicación de los contenidos periodísticos no termina cuando se imprimen los ejemplares de El Telégrafo y en la mañana se distribuyen por todo el país y llegan a las manos de los lectores. La sala de redacción de este periódico va mucho más allá de aquel tradicional proceso cuando el mismo equipo editorial, en sus reuniones cotidianas y basándose en cuidadosas y atentas lecturas, realiza uno de los mayores ejercicios éticos de un equipo periodístico: la autocrítica rigurosa, la puntualización de los errores aparecidos en la edición y el debate colectivo -dentro de un marco de respeto- acerca de las fallas, los vacíos, las omisiones, la falta de equilibrio entre los actores de los hechos contados, la ausencia de contrastación de las fuentes y otras debilidades de los textos. Se trata de un suceso histórico en el Ecuador: diario El Telégrafo se convierte, de esta manera, en el primer periódico ecuatoriano que no se queda en lo convencional (la publicación de cartas de los lectores o la obligación legal de rectificar, aclarar, precisar) sino que va mucho más allá: en mostrarse tal como es y en contarles a los lectores cuáles fueron las razones de sus equívocos.

No obstante, nada de eso significa que “Puertas adentro” sea un acto de inmolación del equipo humano cuyo profesionalismo no se pone en duda, sino que, como todo acto humano, es siempre perfectible. El Telégrafo propone a sus lectores un espacio de aprendizaje y reflexión que se convierta en un proceso que, a la larga, sea el lugar donde el periodismo y la sociedad se encuentren y vivan con intensidad un proceso de pedagogía acerca del deber ser mediático, no solo de quien produce las noticias sino de quien las lee. (O)

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