Nuestros Héroes, una carrera de superación

- 03 de mayo de 2018 - 00:00
Pamela Enríquez (i) en la piscina junto a sus alumnos; esta es una de las terapias que ofrece la fundación Virgen de La Merced, ubicada en Sangolquí.
Foto: Carina Acosta / EL TELÉGRAFO

Este domingo se desarrollará la prueba que organiza la fundación Virgen de la Merced, que en su novena edición contará con 18.000 participantes.

"Este año, yo corro”, dijo para sí Pamela Enríquez, la fundación Virgen de la Merced, la entidad que desde 2010 impulsa la competencia atlética Nuestros Héroes 10K, cuya función es atender a personas con discapacidad.

Aquella frase se la automencionó en febrero de 2017, mes en el que entró a trabajar en la fundación; antes ya sabía de la carrera, pero no se decidió a participar.

Y aunque reconoce tener ahora algo más de tiempo para entrenar, lo que la llevó a inscribirse en la brega del año pasado son los momentos gratos y difíciles que comparte con sus alumnos.

Esos momentos carburan en ella los afanes de estar de nuevo sobre el asfalto de Quito este domingo y cumplir por segunda ocasión la promesa de arribar a la meta.

No deja de pensar en las travesuras y sonrisas que comparte con sus pequeños; esa cercanía cotidiana que activa su corazón de madre. “Y eso que todavía no tengo hijos... tal vez algún día”.

Pamela, quiteña, de 27 años, tiene dos cargos en la fundación: por las mañanas es tutora de aula de básico 3 del instituto de educación especial y por las tardes atiende en la consulta externa del centro médico, pues es psicóloga infantil y psicorrehabilitadora.

En su papel de tutora es responsable de 10 niños de entre 9 y 11 años, quienes afrontan diferentes situaciones,  asociadas a discapacidad intelectual moderada.

Como su misión no se enfoca en las limitaciones de los chicos, sino en potenciar sus funcionalidades, ella es feliz con cada conquista que los lleve a mejorar su calidad de vida. En el instituto educativo estudian 96 jóvenes de 5 a 18 años; en el sanatorio se auxilia a un promedio de 3.000 ciudadanos por mes.

La “profe” se alegra al recordar a Anthony Betancourt, de 10 años, un alumno nuevo que provino de un plantel de instrucción regular.

Este chiquillo le subió varios niveles a su preocupación: en las primeras semanas se rehusaba a compartir el tiempo con los otros niños; su proceso de socialización no arrojaba los resultados esperados. Cierto día, al mes de empezar las clases, Anthony entró al salón y se dirigió a la maestra.

-Buenos días, señorita,

-expresó el niño mientras le entregaba un abrazo y sonreía de oreja a oreja.

-Hola Anthony, ¿cómo estás?, -respondió Pamela con un gesto de satisfacción en su rostro. Aquella fue la primera vez que este jovencito la saludaba. Desde ese momento comenzó a hacerlo con todas las educadoras y a socializar con los otros chicos.

Vivencias como esta motivan a Pamela a participar por segunda ocasión en la prueba pedestre. Orientada por su hermano, el preparador físico Édwin Enríquez (32 años), entrena tres veces por semana y afirma: “Estoy lista para correr de nuevo”.

Con más experiencia en el atletismo, pero con razones similares, Jaime Castillo, capitalino de 49 años, renueva su compromiso con la fundación y con la justa deportiva, en la que ha intervenido desde la primera edición.

A la entidad la lleva en la memoria y en el sentimiento, cómo olvidar que en el lugar le abrieron las puertas para ayudar a su hija Danna, a quien le diagnosticaron autismo profundo.

“Hace más de 14 años, cuando le detectaron el síndrome, no encontrábamos un centro donde atiendan a mi hija... aquí le abrieron un espacio. A partir de ella vieron la opción de dar terapias, de incluir a las personas con autismo”.

A sus 16 años, Danna tiene amigos y está integrada a la sociedad; en su recuperación la institución tiene un papel muy importante, por ello Jaime le guarda una profunda gratitud. Ese agradecimiento, Jaime lo mide en kilómetros; cada vez que participa, piensa en su hija, en los niños que acuden a la fundación.

También tiene muy presente su condición de militar, ya que en 1995, durante la guerra del Cenepa, mientras patrullaba en el sector del destacamento de Etsa, le estalló una mina antipersonal y perdió parte de su pierna derecha, bajo la rodilla.

Por ello, por la relación cercana entre la fundación y el Ejército, porque el 25% del presupuesto de Virgen de la Merced se recauda de los réditos que deja la carrera, él siempre colaborará con ella.

“Muchos creen que la competencia se llama Nuestros Héroes por los excombatientes; eso es cierto, pero lo es más por los chicos que acuden a la fundación. Ellos son héroes que día a día vencen a la discapacidad”. (I)  

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