Las desgracias fortalecieron el corazón de Luis Calo

- 20 de abril de 2018 - 00:00
Luis Calo (der.), volvió a entrenar ayer después de adjudicarse la Maratón de Boston. Tiene un negocio propio y eventualmente trabaja como albañil en Quito.
Foto: Jhon Guevara / EL TELÉGRAFO

El ganador de la Maratón de Boston en la categoría T-12 (discapacidad visual) trabajó desde niño para forjarse un futuro. Pide una oportunidad en el alto rendimiento.

Ni la lluvia ni el frío ni el cansancio pudieron con Luis Calo (35 años), quien el pasado lunes inscribió su nombre como el primer ecuatoriano en ganar la Maratón de Boston, la más antigua del mundo. Calo obtuvo el primer lugar en la clase T-12, para personas con ceguera parcial.

Vencer los 42,195 kilómetros de la justa fue toda una aventura; los cerca de 30.000 corredores que participaron enfrentaron una temperatura que osciló entre cero y 2 grados, matizada por un torrencial aguacero.

Luis y su guía, Daniel Sánchez, sintieron congelarse las extremidades, sus dedos temblaban, hasta la boca se les heló, pero debían continuar. Las condiciones climáticas obligaron a que 3.000 exponentes de todas las categorías abandonaran la brega... Daniel estaba a punto de hacerlo, pero miró la determinación de Luis, no le quedó otra que seguir moviendo las piernas.

“Calito”, como le dicen de cariño, revela que retirarse no era una opción. Toda su vida espero salir del país para competir a nivel internacional y no iba a cortar de esa manera la realidad de aquel sueño... su sueño.

Tampoco quería pasar como malagradecido, la Federación Ecuatoriana de Deportes para Personas con Discapacidad Visual (Fedediv) le financió el viaje; salir del asfalto habría sido una bajeza.

Daniel (32 años) admite que en el kilómetro 34 no sabían siquiera en qué posición estaban, simplemente corrían; luego se dieron cuenta de que otro atleta estaba adelante de ellos, Luis aceleró el ritmo y lo rebasaron.

Tras arribar a la pista y enterarse de que habían ganado, a Luis no pudo contener las lágrimas; era el segundo ecuatoriano que pisaba el podio de la Maratón de Boston, Silvio Guerra, uno de sus referentes, quedó segundo en dos ocasiones: 1999 y 2001; claro, Silvio lo hizo en la clasificación general. Ahora él inscribía su nombre como el primer “tricolor” en adjudicarse el oro en una de las categorías para deportistas adaptados.

Los habitantes de Toacaso, parroquia rural de Latacunga, pueden sentirse orgullosos, su coterráneo ha sacado pecho por ellos. Los ciudadanos de Quito también, pues desde hace 25 años “Calito” reside en la “Carita de Dios”.

Su guía
Pero los honores, reconoce Luis, no son únicamente para él, nada lograría si no fuera por la ayuda de su entrenador, Fredy Moposita; de su guía oficial, el venezolano Gabriel Muñoz; de su fisioterapista, Carla Maldonado... y, obviamente, de su máxima motivación: su esposa, María Martha Chicaiza (32 años) y sus hijos: Jordan (15 años), Víctor (13 años), Dayanna (11 años) y Emily (9 años).

El “profe” Moposita destaca que la fortaleza de Luis está en su carácter, forjado por las circunstancias difíciles que marcaron su existencia.

Investido de sinceridad, Luis cuenta que no terminó la primaria. Las necesidades de un hogar donde sus padres debían alimentar a los siete hijos que trajeron al mundo provocaron que empezara a trabajar antes de cumplir 10 años. Los ingresos de su progenitor en el oficio de jardinero no alcanzaban.

“Solo estudié hasta cuarto grado. Trabajaba lustrando zapatos o vendiendo chicles en los buses”. Más que las aulas le agradaban las canchas de balompié; solo veía con el ojo izquierdo, ya que la visión del derecho la perdió al año y medio de edad cuando, por travieso, se lo picó con un cuchillo.

Para aliviar las preocupaciones de sus padres, frecuentaba los comedores del Centro del Muchacho Trabajador; institución que formó un equipo de fútbol y competía en torneos de divisiones formativas.

Cierta vez que el elenco se desplazó a Santo Domingo conoció a Jaime Iván Kaviedes, un poco mayor a él, que integraba uno de los equipos rivales.

Hincha de Barcelona, Luis no concebía un futuro sin ser un profesional del fútbol; probó suerte en las inferiores de Aucas y Universidad Católica, donde actuaba como extremo derecho o izquierdo.

Esta aspiración la alternaba con el oficio de albañil, empleo del que nunca sintió vergüenza. El amor, o más bien contraer matrimonio a los 17 años, complicó sus proyectos. Se convirtió en padre y varios de sus anhelos quedaron guardados en un congelador imaginario.

A los 17 años conoció a Fredy Moposita; ambos entrenaban atletismo con el extinto aleccionador Juan Araujo Estévez. Amante del deporte, incursionaba en lides pedestres locales, hasta que en 2006, en un accidente de motocicleta, perdió parcialmente la visión de su ojo izquierdo.

Superviviente consumado, si Luis ha aprendido algo en su caminar por la vida, es que todo, absolutamente todo lo que se aprende puede ser útil en determinado momento.

Durante 12 años prestó sus servicios bajo honorarios en el área de mantenimiento para un restaurante de mariscos; allí aprendió a cocinar encebollados y ceviches al estilo manabita.

Al ir perdiendo progresivamente la vista, para no dejar de aportar en casa, hace dos años se puso con su esposa un triciclo de encebollados; el negocio prosperó y actualmente renta un local en el barrio Santo Domingo de Cutuglagua (sur de Quito), donde funciona El encebollado del cochecito del buen sabor.

Gabriel Muñoz, su guía en la mayor parte de los entrenamientos, admira la constancia de su compañero de fórmula, alguien que no le da chance a la adversidad.

Gabriel (25 años), oriundo de Valencia (Venezuela), es fondista y se ha compenetrado muy bien con “Calito”. No voló con él a Boston porque no contaba con la documentación para viajar; pero si algo ha aprendido de Luis es que el peor error de una persona es negarse a buscar el lado positivo de los infortunios. (I)

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